Narrativa
A Irene
Texto ganador del reto del mes de abril (una carta desde el espacio) en Laboratorio de Escrituras: Encrucijadas. Con motivo del lanzamiento de la misión Artemis II.

Querida Irene:
Te escribo desde el módulo de observación, que es adonde vengo a parar cuando no puedo dormir. Es el único rincón del Artemis donde el zumbido de los motores se convierte en algo que casi parece silencio. Desde aquí se ve todo tan quieto que da la sensación de que el universo se tomó un día libre y nosotros no nos enteramos.
Ya van 847 días desde que abrimos los ojos —los de mi turno, porque los anteriores cumplieron con lo suyo y nos dejaron el barco con las tuberías peor que un colador— y aún me cuesta creer que esta cosa siga flotando. Doce kilómetros de metal remendado, pasillos que huelen a reciclado y un café que sabe a cartón. Pero es nuestra lata y, cuando llevas tiempo suficiente en ella, hasta el silencio del reactor te empieza a parecer música.
La comida sigue siendo lo peor. El otro día intenté hacer tortillas para el cumple de Pau —el de astrodinámica, no el de biología— y fue un desastre. Las patatas en pastilla se deshicieron antes de que el agua las tocara y el huevo deshidratado formó algo parecido a espuma de afeitar amarilla. Pau se lo comió igual. Dijo que era «el mejor amanecer de su vida», una frase que solo tiene sentido si llevas cuatro años sin probar nada que no venga de un sobre.
¿Te conté que Dimitri se afeitó la cabeza? Nuria dice que fue porque se le enredó el pelo en una válvula del traje EVA. Ahora su cráneo refleja la luz por los pasillos como un segundo sol. Le pusimos el Satélite. A él no le hace gracia.
Nuria también dice que desde aquí se ve el punto azul mejor que desde ningún otro lugar del barco: apagas las luces, te quedas quieta y puedes ver cómo gira despacio, como si tuviera prisa, pero quisiera que nadie se diera cuenta.
Mañana iniciamos la secuencia de frenado orbital. Chen calculó la trayectoria nueve veces. Dice que los márgenes son inferiores al dos por ciento, que es poco, pero suficiente. Confío en Chen más que en las leyes de la física. Chen, en cambio, cambia de opinión sobre la temperatura del café tres veces antes del desayuno.
Lo vamos a ver de verdad. No en las pantallas, no en los archivos, no en los hologramas de océanos que nos ponían de pequeños para que valoráramos lo que no teníamos. Lo vamos a ver por la escotilla principal, creciendo hasta llenar todo el marco.
La abuela decía que tenía el mismo color que el fondo de los ojos de mi madre. Que si lo mirabas durante mucho rato, terminabas llorando sin saber por qué. Yo lo miro todas las noches desde esta escotilla y no lloro, pero entiendo lo que quería decir. Hay algo ahí que te reconoce antes de que tú lo reconozcas.
Mi madre nació en este barco. Y la suya antes. Y la suya antes que ella. Cuatro generaciones caminando por pasillos, comiendo de sobres, sin haber sentido jamás una gota de agua que no viniera de una tubería. El abuelo fue el último en pisar la hierba. Subió al Artemis con pies que habían tocado tierra y manos que habían arrancado fruta de un árbol. Se quedó dormido en la criocámara cuando mi madre tenía doce años y no volvió a abrir los ojos. Mi madre repetía como quien reza: «Antes de dormirse, me llevaba al observatorio de popa, me señalaba un punto azul entre las estrellas y me decía: «Ese es el sitio de donde venimos. Ya llegaremos».
No lo conocí. Conocí sus palabras, repetidas por mi madre, y su foto en el pasillo de la memoria, esa pared llena de rostros que ya no están. Pero su voz no. Se perdió.
Tú tenías grabada su voz antes de que se perdiera. La encontraste en un archivo viejo y la escuchaste tantas veces que la memorizaste. Yo te pregunté cómo sonaba y no supiste explicármelo. Dijiste: «Como si alguien te hablara desde muy lejos, pero muy cerca al mismo tiempo». Y tenías razón, porque en este barco todo el mundo habla desde muy cerca y muy lejos.
¿Te acuerdas de cuando robamos fresas liofilizadas de la despensa y el doctor Wu nos prohibió hablar durante tres días? Los pasamos escribiéndonos mensajes con los dedos en el polvo de los conductos. Esa fue la primera carta que te escribí. La mejor de todas.
Dentro de setenta y dos horas pondremos un pie en algo que no vibre. Barro. Hierba. Cielo que no sea metal. Chen dice que todo está bien.
Tengo miedo, Irene.
No del aterrizaje. Tengo miedo de bajar las escaleras, pisar ese suelo del que todos hablan y no sentir nada. Que me parezca igual. Que sea solo una pantalla más grande. Que ponga un pie en la hierba por primera vez y lo único que piense sea cuánto falta para volver a mi litera del módulo cuatro.
Me da miedo no sentir lo que debería sentir y que, la primera vez que mis pies toquen lo que se supone que es mi hogar, eche de menos lo que dejo atrás.
Pero si bajo, escribiré tu nombre en el suelo. Con los dedos, como hacíamos de pequeñas en el polvo de los conductos. Será una prueba de que pasaste por aquí, aunque no llegaras. De que hubo alguien que nació entre tuberías y soñó con la lluvia antes de saber qué era.
Te dejo esta carta en la escotilla del módulo de observación. Es tu sitio favorito en el barco. Desde aquí se ve el punto azul y quiero que lo veas conmigo por última vez.
Elena.
Artemis VII
Módulo de observación. Puerta 4
Comentarios (1)
- Alberto Rodríguez Rodero26 oct 2026, 23:45
Me encantó, precioso!