Dianelis Morejón
De vuelta a Verona
Esta carta es una respuesta. La conversación toma más sentido que nunca. Es eso una carta, una devolución de aliento.

Querida amiga:
Hoy escribo desde un lugar encantador. Aquí las historias se tejen solas y los lazos con mi tierra parecen tirar más fuerte. Desde que retomamos la correspondencia, puedo sentir cómo las raíces que me atan a Cuba crecen sin detenerse, se enredan y reclaman su suelo.
Me encuentro en Italia, y te preguntarás qué tiene que ver eso con Cuba. Sus paisajes están lejos de ser lo mismo, pero ¿qué tal si te digo que un hogar no son las paredes que lo conforman, sino las personas que viven dentro de ellas? Visitar Italia siempre estuvo entre mis sueños más locos, lo sabes mejor que nadie. Cuando surgió la oportunidad, no lo podía creer: mis manos temblaban mientras abría ese documento. Era verdad eso que decías: los sueños sí se cumplen. Lo único que lamento es que no estés aquí.
Cuando leas esto estaré rumbo a Venecia; sin embargo, Verona no tiene nada que envidiarle a la ciudad del amor. Sin duda te conozco tanto que hubieses elegido este lugar como tu favorito. Pues, a pesar de ser una romántica, sé que más que poner tu nombre en un puente con un candado preferirías tocar el seno de Julieta para que te conceda un buen esposo o, mejor aún, posar en el balcón donde se besó con Romeo por primera vez. Te conozco tanto que las ideas te brotarían como un riachuelo al entrar al sitio y ver aquel patio cubierto de hiedras de un verde intenso.
La casa de Giulietta se encuentra en Via Cappello. La arquitectura del edificio es de estilo medieval, data de los siglos XIII-XIV, pero fue restaurado en 1930 para darle el aire romántico que hoy podemos observar, incluyendo el balcón. La estatua de Julieta fue creada en 1969 por el escultor veronés Nereo Costantini. Debido a la cantidad de personas que, como tú, visitan el sitio solo para tocar el seno de Julieta como gesto de buena suerte en el amor, este tuvo que ser reemplazado en 2014. Por ende, la estatua de bronce brilla por el contacto de miles de manos. A pesar de que Julieta no existió, aquí parece real.
Mientras avanzo más, me fascino. En el centro histórico de Verona, sobre el antiguo foro romano, se encuentra Piazza delle Erbe. Aquí, mientras caminas entre puestos de frutas y souvenirs, parece que estás en un cuadro vibrante y ruidoso, donde la arquitectura y la belleza de la Fuente de Madonna Verona tienen el protagonismo. Una mezcla entre la antigüedad romana y la agitación del mundo contemporáneo.
El verano aquí es hermoso y mucho más caluroso que en Cuba, o al menos así lo siento yo. Ahora entiendo eso que decían los que viajaban: que el calor en Cuba era húmedo. Pero eso a ti no te importaría, porque el río Adige opaca toda incomodidad del clima. Por lo que pude investigar, este es el segundo río más largo de Italia (416 km). Cuentan que en época romana fue indispensable para el comercio y la defensa de Verona. Ha causado inundaciones históricas, como la de 1882, que cubrió gran parte de la ciudad. Sus aguas bordean villas y cipreses, con puentes en el Ponte Pietra.
El último sitio a visitar entre mis planes es el Castel San Pietro, un castillo o fuerte austriaco que hoy funciona como mirador panorámico para observar la ciudad desde lo alto. Para subir puedes hacerlo por las escaleras de piedra (235 escalones), pero aquí no somos masoquistas, así que tomé el funicular. El atardecer acá es magia: los tonos naranjas hacen resplandecer los tejados y campanarios, que se vuelven una luz dorada que ilumina cada rincón de la ciudad. El lugar perfecto para descansar y tener una de esas conversaciones profundas mientras, a tus pies, hay todo un paraíso de paisajes verdes y azules.
Una vez arriba, una mujer me pidió que le hiciera una foto. Le dije que sí, y al reconocer mi acento me preguntó si era cubano. Asentí, y ella me confesó que también lo era. Estuvimos hablando por horas en un café. Obviamente, fue quien me ayudó a encontrar un sitio desde el cual enviarte la carta, y allí me contó su historia y cómo viajó a Italia. Veinticinco años fuera de Cuba. Ha ido un par de veces a la Isla, pero debido a la situación lleva unos seis años sin pisar la patria. Era modelo en su juventud, muy hermosa, por cierto, y conoció el amor gracias a una de sus fotos en una revista cubana de aquellos años. Amor a primera vista, me comenta. Aquel hombre era guapo, italiano, y viajó para conocer a su familia en Cuba: todo un caballero. Al igual que nosotros, se comunicaban solo por cartas. Siempre me han gustado las cartas: siento que en un papel se deshace el ser, siendo mucho más que una simple emoción. Una carta permanece; sientes, de una u otra forma, un aroma, el aliento y el desgaste del lápiz, el tiempo que revela interés.
Tiempo después visitó Italia. Su primera parada fue Verona. Visitó la ciudad del amor y Milán. Extrañaba Cuba y su gente, pero le gustaba estar con él. Hasta que algo se quebró. Dice que una vez fueron a visitar a unos amigos de él: eran raros, según ella, y para su percepción aquellos hombres no aprobaban la relación. Sin embargo, esa no fue la razón del quiebre, sino que un día, buscando una toalla, halló entre estas un arma. Se asustó tanto que preguntó; su respuesta fue que aquello era algo normal. A finales de aquel mes, sin explicaciones, le compró un boleto y la envió a Cuba. Pero semanas antes descubrió que estaba embarazada. Joven e inexperta, se tomó unas pastillas que él le ofreció, y allí abortó. Me cuenta que nadie de su familia en Cuba supo de aquel suceso, que hoy, tras veinticinco años, decide hablarlo en voz alta.
Hoy vive en España, tiene un hijo adolescente y, como acto de sanación, decidió hacer este viaje. Recorrió todas las calles y ciudades que una vez pisó y, aunque no supo jamás de aquel hombre, perdonó a ambos: a él y a sí misma por aquella decisión.
Ella me recordó a ti, tan valiente.
Todos tenemos diferentes formas de dejar ir, de sanar una herida. Unos siembran árboles, otros queman cartas, pero la mayoría de los seres humanos viajamos para llenar de otros placeres el alma. Viajar es más que un desplazamiento físico: casi siempre es un ritual, una reintegración y reapropiación de la memoria. Tomar lo que dolió y darle forma, dejar que se convierta en el impulso para un nuevo comienzo, para amar mejor.
Peregrinar.
Escribir tu nombre en las paredes de la casa de Julieta.
Dejarte una piedra en el río.
Escribirte una carta.
No siempre volver al lugar de la herida es doloroso; a veces se va por ayuda, porque no hay doctor más sabio que la misma memoria. Ser valientes en reconocerla, hablarla, darle un lugar y soltar.
Gracias, amiga, por aventurarte a vivir sin heridas.
Con cariño, tu viejo amigo.
Comentarios (1)
- Ana Laura Rodríguez11 oct 2026, 3:02
Qué hermoso, disfruto mucho estas cartas ❤️