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Barbarella D’Acevedo

Dedos

Sobre el placer del miedo.

Barbarella D'Acevedo4 min
Dedos

Cuento a través del cristal los dedos que sobre el estante resguarda el tarro antiguo. Los cuento, uno a uno: tres anulares, cinco meñiques, pulgares, medio… Y percibo que debe haber más de veinte, por lo menos. Me llama la atención el hecho de que todos resulten diferentes, de distinto tamaño, forma, e incluso color. En alguno, la sangre es ya apenas un hilo débil, mientras que en otro se ha disuelto para concederle una tonalidad extraña a la piel, una tonalidad mortecina… El corte del muñón también parece diferente de uno a otro. Pido tres dedos para empezar, y mojar en la taza de chocolate, aunque pienso que también habría funcionado un café, porque con café hasta la muerte ha de saber exquisito... Me voy a sentar un poco apartada. Al primer dedo le desprendo la uña con sutileza, me auxilio de una cucharita y casco la piel hasta que se desprende por completo. Sujeto un rato la uña en mi mano, la miro con minuciosidad. Parece una lasca de almendra y no quisiera convocar otra alergia. Muerdo por fin el dedo, al principio todavía con un poco de asco, pero a la vez divertida. No huele a nada, pero sabe a mazapán (no demasiado dulce) y me pregunto si en el fondo esperaba algo diferente… Cruje el hueso bajo mis dientes. Se resiste a la mordida. Después se me deshace en la boca y noto que el chocolate casi se enfría. El segundo tiene un tono especiado, y a la vez, como a sudor, o a tierra… ¿A quién pertenecerán los dedos que degusto? Imagino la mano, el brazo, un cuerpo entero frente a mí, con sus anhelos y también sus temores. Sacudo la cabeza. Sostengo el tercero ya con desgano. ¿Cuál será el molde para cada uno? Vacilo porque tal vez será mejor dejarlo para más tarde… Este es el más delicado de todos. Lo envuelvo en una servilleta y lo dejo caer en mi bolso. No sé si lo encontraré más tarde o en una semana. Quizá me alertarán de su presencia, las hormigas.

Esto no es un sueño, aunque podría tratarse de la pesadilla de alguien más, un capricho. Si fuera mi sueño, hoy sería ya la noche de Sabbath, una reunión sin artificios, bajo el halo lunar.

Halloween es la celebración del miedo. Entre el final de octubre y el inicio de noviembre, All Hallows´ Eve, la víspera de todos los santos, el umbral en que vivos y muertos celebran, se entrelaza a Samhain, el comienzo de la mitad oscura del año. Un presidente, creo que Bukele, acaba de prohibir la fiesta de Halloween en algún lado. Dizque por su congregación de espíritus maléficos. Prohibir el horror es una condena a su influjo... Ya dejó huellas de esto la Santa Inquisición, en el nombre de Dios. Pero los presidentes (o eran los dictadores) deciden cómo se vive o qué celebrar. El horror a menudo se encuentra demasiado cerca.

Antes de pagar la cuenta y salir de vuelta al mundo, allá arriba, acaricio con fuerza el dedo que guardo en mi bolso. Recuerdo la suavidad de la piel, minutos antes, en contacto con mi paladar. Tal vez por distraerme, sin querer tropiezo. No caigo (es tan fácil caer siempre más abajo). Alcanzo a pensar que toda caída es una caída a través de la madriguera del conejo. La única forma de exorcizar el terror es ceder a su abrazo. De ahí la historia de la propia Alicia y todos los relatos para niños, de bosques profundos y las fábulas de madrastras y madres, capaces de exigir el corazón de sus hijas un día cualquiera. No en balde Bruno Bettelheim psicoanalizó los cuentos de hadas... De ahí también el disfrute de tantas películas inquietantes o de las haunted houses, o cualquier otro truco otoñal. Spooky season brinda el pretexto perfecto:

Solo si una se atreve a subir, a toda costa, con el viento en el rostro hasta lo alto de la torre en derrumbe, puede alcanzar a averiguar cómo emprender el vuelo.

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