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Barbarella D’Acevedo

Desde la ventana

Sobre la obra del fotógrafo japonés Masahisa Fukase. ¿Será posible amar a través de una obra de arte?

Barbarella D’Acevedo6 min
Desde la ventana

Un hombre mira a través de la ventana en el cuarto piso de su edificio. La ventana es el precipicio. Al hombre no le basta con mirar, sino que saca primero un pie fuera del marco, y luego la mitad del cuerpo. Alguien que lo viera pensaría que puede caerse. Pero el hombre sostiene la cámara de fotos con el teleobjetivo. Detrás de él, en la pequeña sala del apartamento un perrito lo azuza, aunque probablemente no se trate de un perrito, sino del gato, ¿o será que el gato va a llegar después? El hombre mira por un momento primero al cielo, la bendita forma de las nubes, enfoca las nubes, al sol que se oculta para crear efectos luminosos. Luego abajo, a la calle, a la mujer en la calle. Saluda a la mujer, que es su mujer, mientras ella espera impaciente, antes de partir con premura rumbo a su trabajo en una galería de arte... La mujer lo ve, pero no piensa que él pueda caerse, porque sabe… Yo miro a la mujer, pero también al hombre. Desde hace días no consigo dejar de mirarlos. Vuelvo a ellos para llenar cualquier momento vacío. 

La mujer abre los brazos, como ayer durante la noche, deja el rostro laxo, como en la noche. Fija el rostro en una mueca de placer. Ahora representa el placer, para que el hombre pueda hacer su foto. Y piensa, empieza a pensar, a ensayar en su mente el gesto para mañana, porque sabe que mañana él regresará a mirarla a la misma hora, a través del lente de la cámara, volverá a pretender congelar el minuto del adiós cotidiano en blanco y negro. Intentará recordar también, cuándo fue la primera vez, cómo supo que él la retrataría antes de dejarla partir, al asomarse para despedirla. 

El hombre es Masahisa Fukase. La mujer, que es su mujer, se llama Yoko Miyoshi, como la otra Yoko famosa; ella también es una performer a su manera, al menos sabe de cambiar de expresión frente a la cámara, como las actrices del deseo. El juego se repite todos los días.

Masahisa Fukase nació el 25 de febrero de 1934, en Hokkaidō, Japón. Su abuelo y su padre también habían sido fotógrafos y tenían un estudio familiar para heredarle. Pero él, a sus dieciocho años se trasladó a Tokio con el propósito de estudiar fotografía en la Universidad Nihon y no regresó al nido. Después trabajó como fotógrafo comercial —primero en Dai-IchiAdvertising y posteriormente en Nippon Design Centery en la editorial Kawade Shobo Shinsha— antes de volverse frelance en 1968. Después de crear innumerables series, en 1992, lo alcanzó un mal: sufrió un accidente al bajar la escalera del bar que frecuentaba, lo que le provocó una lesión cerebral. Pasó los siguientes veinte años en una residencia de cuidados, sin volver a apretar el obturador de la cámara.

Si hablamos de obsesiones, hay mucho de eso en la obra de Fukase. En la manera de fotografiar a su familia a lo largo de los años, de repetir la foto familiar, incluso cuando cambia el relato y alguien debe sostener en la escena el cuadro del padre difunto. En el modo, casi ritual, de fotografiar a Yoko, primero de manera esporádica en imágenes sueltas y luego, cada día, a partir del otoño de 1973, desde el precipicio en la ventana. Yoko dirá más tarde, que él nunca la vio, que solo la vio a través del lente de la cámara. Lo mismo podría decir, si hubiera conseguido hablar, el gato del artista, ese que llega tras el divorcio, el pequeño Sasuke II, sustituto de un primer Sasuke que se extravía, y a quien Fukase insiste en retratar una y otra vez, mientras se tira en el suelo para colocarse a la altura de sus ojos, hasta sentir que se fusiona con el felino, o se proyecta. Cuando Yoko deja de esperar abajo en la calle, cansada de ese modo de ser vista, Fukase todavía se asoma al paisaje, la mitad del cuerpo fuera del marco... Entonces son los cuervos quienes llegan a conocer de la espera. Esos cuyasilueta el creador convierte en mancha, a veces en la exposición, otras en el cuarto oscuro, juego de sombra para hablar de la soledad como otro arcano. La obra de Fukase pareciera también un viaje, quizá, más fuga que viaje. Un viaje no depende siempre de un desplazamiento físico. Su obra es la de un enfermo que sabe incurable su delirio y termina por convertir ladolencia en una forma de placer. 

Fukase se deja ver en sus autorretratos, sumergido en su bañera mira la cámara a través de la deformación del agua... En las fotos de Yoko desde la ventana, no lo vemos, o tal vez sí, a través de los ojos de Yoko, porque ella representa, en tanto asume la presencia de un otro, la existencia del espectador: cambia de expresión, se agacha bajo la sombrilla transparente, pone cara de niña, ríe con desparpajo, exhibe una mueca de enojo, lo ignora incluso. 

La fotografía es el arte de mirar, ¿o también de ser mirado…? ¿Quién alimenta la obsesión? ¿Quién transcurre para quién? ¿El artista o la musa? Leí una vez en algún sitio, que si uno escribe un poema de amor es porque está enamorado, pero si uno escribe cien poemas de amor, en realidad está enamorado de la poesía. Yoko sabía que Fukase amaba la poesía, y quizá al menos por un tiempo, ella también amó y se sometió a la poesía. Yoko sabía que todos los que íbamos a verla, hasta obsesionarnos con su imagen, amaríamos la poesía. 

La mujer sonríe y yo me pregunto si acaso puede verme. Porque estoy yo también en la ventana obsesiva, al borde del precipicio. Cansada de mirar a lo alto he detenido mi viaje para saludarla, saludarlo, para congelar este pequeño momento cotidiano de dos, de tres...

¿Será posible amar a través de una obra de arte?

 

Comentarios (2)

  • Ana Laura Rodríguez
    11 oct 2026, 2:55

    Muy interesante y emotivo ❤️

  • Octavio Castillo
    22 sept 2026, 12:36

    Hermoso 🙏🏻