Dianelis Morejón
El arte de huir
Querido amigo, espero que algún viaje te obligue a creer.

Querido amigo:
Como mencioné en la carta anterior, tuve la dicha de visitar Canasí. Me sumé a esta experiencia porque, como debes imaginar, soy muy mala para enfrentar los desiertos que supone la tristeza. Me gusta creer que mientras huyo hacia la vida me desprendo de lo que pesa. Hace unos meses conocí a alguien, y ahora que no estás, ha sido mi compañero más fiel. Espero que no te moleste saber que el viaje no lo hice sola.
Este viaje fue el desprendimiento del yo, de ese algo que se encontraba sometido al miedo. Muchas veces lo más satisfactorio del viaje no es llegar al destino, sino ese camino y las personas que te acompañan a transitarlo.
Canasí es un pueblo pesquero al sur de la Vía Blanca a más de cuarenta kilómetros de la capital, ubicado en la llanura Habana-Matanzas en la provincia de Mayabeque. Un pueblo pequeño, pero rico en belleza natural. Llegar fue fácil, ya que las excursiones con Maniweros son de esas experiencias que te harán sentir segura a cada paso. Con ellos el transporte, la seguridad, el aprendizaje y la diversión están cien por cien garantizadas.
El primer punto de encuentro fue en la Habana Vieja donde tomamos un transporte hasta Guanabo y al llegar allá nos esperó un camión rumbo a Canasí. Del camino no te puedo contar mucho porque me quedé completamente dormida hasta que llegamos al pueblo. Una vez mis pies tocaron el suelo de aquel sitio supe que había valido la pena. El aire que se respira allí es embriagador, con tonos marítimos y silvestres, como si llevara en mi piel el perfume del mar. Mis pulmones gozaron de felicidad al saber que estarían lejos de la ciudad por un par de días.
Cuando se entra en contacto con la naturaleza descubres que somos lo mismo, hermosura y vitalidad, mientras sobrevivimos entre la hostilidad que nos rodea.
Este viaje fue desafiar miedos sin siquiera darme cuenta y el primero fue cruzar el río para poder llegar hasta el sitio donde acamparíamos esos días. Después de una experiencia traumática en una piscina cuando era niña, descubrí que cuando me adentro en cualquier agua y esta pasa mis hombros, una sensación de desesperación inunda mi cuerpo. El aire me empieza a faltar y experimento mucha ansiedad. Sin embargo, en ese momento me sentía incluso más desesperada por sumergirme en ella, para que el agua del río de alguna manera echase fuera toda carga que me debilitaba el alma. Por ello cuando llamaron al primer grupo para cruzar fui la primera en dar el sí. Necesitaba de algo más poderoso que una conversación para desahogarme, necesitaba libertad. El río me la dio. Lo pude escuchar llamar, susurrar mi nombre entre las piedras bajo mis pies, incluso lo sentía sostenerme cuando ya el fondo era imperceptible al tacto. Reí por primera vez en meses, no recordé el motivo del viaje y mucho menos me preocupé porque estuviésemos en la desembocadura y un tiburón me arrancase una de mis preciadas piernas. Solo podía sentir el agua tibia con destellos fríos en el fondo y el canto de los pájaros felicitándome por aquella valentía. Las montañas a mi alrededor eran una pintura, el cuadro más hermoso que nunca antes vi y no creo que exista algún pintor o escultor más talentoso que el Dios que creó todas las cosas. El mismo que me permitió llegar con mis dos piernas a la otra orilla.
Te aclaro que no había ningún depredador en aquellas aguas solo fueron un par de fantasías que deambularon por mi mente en aquel momento.
El segundo miedo que enfrenté fue escalar una pendiente con una pesada mochila a mis espaldas y unos zapatos resbalosos en un suelo igual de resbaloso debido a las hojas de almendras que hay por todo el lugar. Las alturas son algo que siempre me ha dado miedo, un vértigo que me estruja el estómago, pero en ese momento pensé en que mi mayor miedo ya había ocurrido; que todo lo que pasé fue para enseñarme que debía vivir, ponerme los mejores tacones y hacer de ella el mejor vals. Eso fue alientode vida; mis manos se llenaron de fuerzas y comprendí que la naturaleza, que aquellos árboles y senderos ásperos no eran mis enemigos, eran el impulso y el sostén. Estaba sobre tierra firme, y los árboles guiarían mi camino e incluso serían el apoyo cuando mis piernas me fallaran. Toda la creación nos advierte, nos abriga y nos alimenta.
Tras pasar la elevación, nos encontramos con un área que apuntaba al mar donde tomaríamos un descanso hasta que los demás cruzaran el río y así aprovechar para almorzar. Como siempre, me dispuse a hacer mis mejores fotografías. Desde esta área se observa toda la desembocadura hasta unirse con el mar. La intensidad de los colores verdes hasta volverse el más claro de los azules. Allí reflexioné acerca de lo mucho que mis miedos me impedían volar y de las veces que me corté las alas para encajar y no incomodar.
Ahí supe que me iba a convertir en alguien nuevo, que estos meses huyendo de la vieja yo, me habían obligado a encontrarme con aquello en lo que me quería convertir.
Cuando todos hubimos almorzado emprendimos el camino de quizás un kilómetro y más, justo después de una zona llamada La Cazuela, hacia otra área más amplia para acampar. Una vez allí armamos las tiendas y nos metimos al mar. Hubo espaguetis, fogata y café. Sí, también varias partidas de la aldea, pero eso a pesar de disfrutarlo no será lo que más recuerde.
Lo realmente importante fue descubrir que no necesito de más nadie para sentirme acompañada, que me bastan mi mochila y mi fe. La fe en que cada viaje será una experiencia transformadora y que huir no siempre termina por llevarte al mismo punto. Hay huidas que te confrontan, te obligan a mudarte de piel, a volar.
Espero, querido amigo, que algún viaje te obligue a creer, a confiar.
Con cariño, tu vieja amiga.
Comentarios (1)
- Yoana5 oct 2026, 14:39
Eres increíblemente extraordinaria,es coger un lápiz en tus finas manos y el relato lo conviertes en Oro puro ,sigue asi con tu Fe y tus ganas de crecer y de creer en ti .Saludos desde la distancia porque de pensamientos siempre estás en mi corazón ❤️