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Barbarella D’Acevedo

El cráneo sagrado

Sobre el misterio de la calavera en la urna de una iglesia salvadoreña, y los procesos de muerte y transmutación.

Barbarella de Acevedo
El cráneo sagrado
El cráneo sagrado
“De aquí colgaban esos labios que besé no sé cuántas veces”, 
Hamlet, Shakespeare.
Una pequeña urna de madera vieja y vidrio, ampara en un altar lateral una calavera humana. Tal es otro de los misterios de la iglesia de San Juan Talpa en El Salvador: la simplicidad de unos restos que, desde un lugar visible del templo, contrastan con la fastuosidad de las imágenes de los santos y el milagro en la historia de esa virgen, la de los pies llenos de arena…
Me es imposible entonces, quizá por mi formación teatrera, no recordar a Hamlet, cuando indaga por la muerte que lo confronta, ese pobre Hamlet, extraviado en un cementerio sin saber todavía que está a punto de presenciar el entierro de Ofelia, la que tanto lo amara, que interroga: “¿De quién es?”, ¿a quién perteneció este cráneo? ¿Cómo llegó hasta aquí?
Al preguntar a unos y otros en el pueblo acerca del enigma, noto que los testimonios difieren, sin conducir a ninguna conclusión… Queda entonces conformarme con la versión oficial, el relato impreso junto a la vitrina que enuncia cómo, apenas a mediados del siglo XX, la calavera llegó a saltos a una celebración eclesiástica, portando unas monedas de oro y que luego, aunque la regresaron varias veces al cementerio, acabó por devolverse una y otra vez a la iglesia, donde el párroco de entonces decidió finalmente hacerle lugar. La de la calavera es, después de todo, una fábula maravillosa, con moraleja cristiana, y trasfondo dantesco, en tanto el finado intenta enmendar desde la muerte, la culpa que acarrea; se especula que se trató de alguien que no cumplió una promesa realizada en vida y regresó del más allá a pagar por esta, lo que denota la importancia de acatar los pactos ante divinidades y espíritus, y el hecho de que la imagen sirva, más que nada, como un recordatorio para que los feligreses se animen al pago de sus deudas.
Quizá la preservación de la calavera, según me explican, podría responder asimismo al legado afrodescendiente en El Salvador y a que las poblaciones negras locales, escondieran sus creencias bajo formas aceptables al culto dominante… En la cosmovisión bantú los restos físicos mantienen una fuerza vital o ntu que conecta el mundo de vivos y muertos; el hueso conserva una voluntad que le permite actuar y que justifica el accionar del cráneo. Es este un punto de vista, cuando menos interesante, desde la perspectiva antropológica.
Pero, más allá de todo, cierto es que ante la muerte resulta difícil la indiferencia. Pienso en Yorick, pobre Yorick: “¿Dónde están tus bromas? ¿tus piruetas? ¿tus canciones? ¿tus chispas de diversión que solían provocar las carcajadas de toda la mesa? ¿No hay ahora ninguna para burlarte de tu propia gracia? ¿tienes un poco caída la mandíbula?” Pienso sí, en las bromas en vida del bufón difunto y la locura de Hamlet, pero también, otra vez, no sé por qué, en Ofelia. Me obsesiona tanto la Ofelia de los cuadros prerrafaelitas… Cavilo en los mitos de ahogadas: Ofelia y Alfonsina y otras muertas más recientes. ¿Por qué asumir, después de todo, que estos de acá son los restos de un hombre, si unos y otros somos iguales en semejante estado? 
Una ahogada podría ser también una mujer como yo, que pierde su cabeza, por quien sabe qué promesas incumplidas, suyas, o de otros, abandona su cabeza al agua oscura, a Olokun, el subconsciente, la emoción, lago, mar, o llanto... Pienso en esos instantes de inmersión marina, en que a una podría olvidársele respirar. Algunos consideran a Yemayá, dueña de las cabezas, si bien la mayoría le confiere semejante patronazgo a Obatalá... Aquí una calavera ha venido a asentarse a los pies de María de la “O”, virgen del océano, y vientre primigenio, virgen de la espera, de la expectación, como si en el fondo, aguardara un renacimiento. 
En el tarot, La Muerte, es el arcano 13, el arcano sin nombre, la carta de la metamorfosis. La Muerte es apenas un proceso alquímico, un regreso a la fuente (disolver y unir: solve et coagula): solo a través del nigredo, el despojo de la carne, es posible la albedo, la luz y recobrar la esencia. Todo eso especulo, a los pies de la reliquia santa, mientras reviso su esencia a partir de todos los símbolos y asociaciones: su paso, de la oscuridad a la luz, en este sitio sagrado. No puedo evitar reflexionar también acerca de mis propias muertes y renacimientos. Pienso en todas las capas de piel que ya dejé para llegar hasta aquí, mientras apenas lograba preservar la energía vital de mis huesos; en las capas de piel a las que renunciaré también en este viaje y luego... La piel y las lágrimas. Nadie dijo que la transmutación sería fácil.


*Fotografía: Ofelia (1851) John Everett Millais

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