Narrativa
Embriagado
Sobre el libro Licor diabólico, del escritor Francisco López Sacha

A riesgo de quedar como un bayamés que elogia a un manzanillero, consciente de que me estoy desplazando del marco de confrontación histórica entre las dos ciudades, me abro camino en este intento de reseñar la novela póstuma de Francisco López Sacha, publicada por la Editorial Letras Cubanas y presentada, en conmemoración de un año de la desaparición física del escritor, el pasado mes de febrero en el Centro Dulce María Loynaz del Vedado capitalino. Es tarea difícil para mí, partiendo de reconocer que López Sacha es un autor cuya obra me ha marcado emocionalmente. Así que temo perder la objetividad, sobre todo porque se trata de un nombre significativo de la literatura cubana de los últimos tiempos, que tuvo además un impacto en el mundo de la docencia, el teatro y el cine. La novela en cuestión, que ha salido al cuidado de amigos cercanos e importantes como Senel Paz y Hugo Vergara, constituye una especie de epitafio. La considero una suerte de testamento que López Sacha nos ha legado, y cometo el atrevimiento de llamarle así y ofrecer criterios conclusivos que directamente no fueron dichos por el autor. Asumo las consecuencias: toda reseña —en última instancia pasa por la subjetividad de quien escribe— carga con esa dosis de especulación.
Primero despejaré lo que no me parece acertado, para luego celebrar la esencia de la novela. Despotrico contra el título. Hay un fragmento donde el narrador dice que el Señor —organizador supremo del universo—, observaba con benevolencia al personaje principal —Salvador— quien «[…] escribía en estado de gracia, pero dejaba correr por debajo, un licor diabólico» (pág. 220). Es una imagen corta, no se repite en el texto, y dice bien poco a un lector que se acerca a la obra de López Sacha: Licor diabólico. Hago una simple acotación: no se trata tampoco de una historia que caracterice los efectos del alcohol, tema recurrente en la literatura y de bastante interés. Quizás, tratándose de una obra póstuma, el autor, lamentablemente, no tuvo tiempo para considerar mejor un título a tono con la esencia de la novela; quizás, además de para no contradecir al dueño de esas páginas, nada pudieron hacer los revisores, quienes también se ajustan a los tiempos que demanda el acto de publicar. En el sentido de este desacierto, debo situar otro: el diseño de cubierta. Una botella de Havana Club en el centro, cuya presentación desconozco entre las tantas de esa marca que comúnmente se degustan; y casi en el tope del cuello, un sello con la imagen de un diablito, en franca referencia a «lo diabólico»; el fondo de la cubierta es negro, no sé por qué tanta oscuridad. No me parece el diseño que nace después de volver una y otra vez al libro.
Dicho lo anterior, centro el análisis del texto y para ello reproduzco parte de la nota de contracubierta, la cual pone el ojo en el comienzo de la novela: «Por un error, que no se repetirá, la Divina Providencia dejó sin destino a Salvador Pérez Franco. El muchacho iba a nacer como todos —en la canasta del Tiempo— pero el funcionario encargado de atenderlo se entretuvo tanto con el brillante porvenir del niño anterior, que se olvidó de él» (pág. 15).
Desde ese momento encontramos un elemento que resulta crucial para entender las señales que López Sacha quiso transmitirnos: Salvador nace sin destino definido. En el inicio se asocia esta particularidad con el trabajo de «el Señor», el cual está al tanto de todo, participa de los contextos y define la trayectoria de ilustres y perdedores. Pero nuestro personaje se ha quedado al margen. Y desde ahí debe construirse y encontrar el sentido de su existencia.
Dos cuestiones destacan a través de las páginas: la profunda erudición del autor, quien recurre a la intertextualidad —construida mediante citas de encumbrados escritores y estribillos de canciones famosas— para aumentar la polisemia y multiplicar las posibilidades tras la lectura, y la capacidad para delinear los contextos históricos. Por momentos parece que la historia es un personaje más, que va pasando como fondo mientras Salvador crece y, ciertamente, se compagina con el periodo del comienzo y desarrollo de la Revolución cubana. Tanto en el escenario internacional como hacia el interior del país, suceden cambios que alteran la vida de millones de personas. Si bien Salvador no es el personaje que realiza una práctica militante, como parte de ir a la deriva pareciera entonces que desarrolla sus pasiones y sufre vicisitudes según su propio modo de entender el mundo, no puede sustraerse de procesos como la institucionalización del arte y la cultura y, en consecuencia, se traslada a la capital y trabaja como profesor en la Universidad de las Artes.
El protagonista encuentra su fuerza en el amor y disfrute del cuerpo femenino, así como en el cine, la música y la escritura. Salvador canaliza impulsos que nacen en él y no responden ni al Señor ni al proceso del país. En este sentido, López Sacha nos deja un testamento como creador, pues su personaje es consecuente hasta el final con la falta de destino que lo marca desde la cuna. Y se sobrepone a esta condición construyendo el camino propio. Se trata de un personaje que habita al margen. Me llama la atención que se mencionan muchos sucesos de corte histórico, tal es el caso de la guerra de Angola, mas el protagonista no se enrola; tampoco participa en una reunión política, como sí lo hace un personaje en la novela Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz, por ello descarto la posibilidad de que esta obra sea un ejercicio consciente del autor por emparentarse con eso que algunos han dado en llamar «novela de la Revolución». Salvador escucha su propia voz y se preocupa por escribir: es en ese lenguaje donde aspira a no traicionarse.
A lo largo de la novela se intercalan parlamentos del personaje y notas del autor —en este sentido se enriquece el contexto cuando Sacha punza en los límites entre realidad y ficción— donde asistimos a la formación de un escritor. Al mismo tiempo, se narra la tozudez, la decisión de vida que conlleva la senda del artista. Esa idea es asumida por López Sacha como centro de esta novela, y es magistralmente desarrollada por él en el texto. Si tenemos en cuenta que se trata de la obra póstuma del autor manzanillero, podemos entender que Licor diabólico nos dice que no existe otro camino, el que hacemos, a tono con la pasión que nos mueve.
Se observa además que esta narración responde a la poética de la nostalgia, la cual puede apreciarse en otros textos de Sacha. Recuerdo una frase que cierra el cuento «Dorado mundo»: «[…] antes de que la infancia se nos convirtiera en pálidas fotos amarillas». En el caso de esta novela se abarca un periodo más extenso de la vida, pero el afán del autor es igualmente aprehender un sistema de relaciones afectivas, construir la vida de un país y de una generación con la materia prima de los recuerdos. A través de estas páginas asistimos al descubrimiento del poderoso cine cubano del periodo revolucionario y de la «Catedral del Helado», por citar dos ejemplos. Imagino que Licor diabólico resulte una novela bastante «familiar» para aquellos que han vivido los últimos sesenta años en esta isla caribeña; el que no, entonces podrá beber de un relato bien construido, y documentado, sobre sucesos y matices que marcaron la vida de varias generaciones de compatriotas. El texto profundiza en este rasgo del quehacer de Sacha como escritor, es cumbre que se construye con la memoria de los años pasados y no excepción.
Desde el punto de vista narrativo, podría señalar lo que algunos críticos han descubierto como característico en una parte de la literatura cubana de los últimos tiempos, sufre de falta de argumento. Es decir, Salvador no participa de una historia en concreto, no aparece la diégesis del modo más convencional. En su favor diría que esa falta de propósito del personaje, ese estar flotando en el aire debido a no contar con el destino delineado por el Señor ni con una misión asignada por la autoridad revolucionaria, resulta coherente y potencia ese fin último de la construcción del camino propio. Aunque en ciertos momentos, cuando leemos, no sabemos adónde nos lleva Salvador.
Uno de los logros formales del libro, reconocido por el propio autor como un valor literario, es el ritmo. Ciertamente, Licor diabólico es un texto que corre bien y nos atrapa incluso por los tramos del sinsentido. Responde al ejercicio de escritura de un narrador experimentado que se deleita con el placer erótico. Al mismo nivel de la creación, retando ese concepto de que el sentido de la vida tiene que ver con las causas del macrorrelato político, se coloca el disfrute del cuerpo. Por la novela desfilan varias mujeres y el sexo se convierte para Salvador en un descubrimiento definitivo. En este sentido, se defiende la sinceridad afectiva del poeta, quien abandona la comodidad de una casa en aras de vivir plenamente el goce del amor.
A veces romántico, a ratos perdido, Salvador, para no hacer quedar mal al autor que ha escogido su nombre, quiere salvarse. Nos muestra la dificultad latente en el camino, pero no hay otro sentido que esa búsqueda ligada a la manera propia de decir, a esa obra que define nuestra existencia.
Cierro el libro y no aspiro a otra cosa que a un encuentro con su venerado autor. Sentados en el malecón manzanillero, discutimos sobre los libros y la música del mundo. Y acaso por el respeto y la simpatía, solo sonrío cuando dice que los carnavales de Manzanillo son mejores que los de Bayamo, que la glorieta es la joya arquitectónica de Oriente y que el pan con lisetas es riquísimo. Luego brindamos, con un trago de «licor diabólico», por los vivos y los espíritus que nos acompañan.
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