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Entrevistas

Industria del alma: escribir para no perderse

Entrevista al joven escritor Luis Manuel Sánchez (Lewis)

Octavio Castillo Quesada
Industria del alma: escribir para no perderse

Siempre he admirado a los artistas y escritores jóvenes que deciden ir un poco más allá de lo que se espera de ellos, o de lo que, quizás, esperan ellos de sí mismos. Cuando el camino comienza con el aprendizaje y luego este se pone a disposición de los demás, el resultado se multiplica y se muestra tangible ante nosotros.

A Luis Manuel—Lewis, como prefiere ser llamado— lo conocí hace algunos años gracias al Laboratorio de Escrituras, un proyecto de Elaine Vilar Madruga, que es mi casa y un espacio seguro para el conocimiento y la literatura. Compartimos profesiones (la medicina y la escritura). Después supe de sus reconocimientos y de sus experiencias compartidas con otros que también soñaban —y sueñan todavía—con el oficio de la escritura.

Quise entonces hacerle esta entrevista para entender, de primera mano, cómo concibe el acto de crear y otros senderos que ha descubierto y recorrido en su devenir como profesional versátil, y que ahora comparte amablemente con nosotros. 


La escritura es un oficio hermoso que muchas veces nos encuentra de repente. Lewis, ¿cuándo y cómo descubriste que querías ser escritor?

 

Lo descubrí en el 2020, aunque ya había escrito en el pasado. Mi primer encuentro consciente con la escritura fue en la secundaria, en séptimo grado. Recuerdo que la bibliotecaria me pidió de favor que mandara un cuento para un concurso porque ningún estudiante quería participar. Hice el cuento más cliché del mundo, el “viaje del héroe” de toda la vida. Yo estaba feliz con el resultado, pero mi yo de doce años no se veía como escritor. Lo mío era crear historietas y cómics; mis primeros lectores eran mis compañeros de aula. Más tarde quise ser director de cine, pero eso es otra historia…

La escritura me salvó la vida durante la pandemia del 2020. Puede sonar exagerado, pero durante esas fechas escribía cuentos casi todos los días. Tenía un grupo de WhatsApp donde nos retábamos en lo que llamábamos “duelos de escritura”. Con la necesidad de mejorar nuestras habilidades organizábamos talleres virtuales, buscábamos artículos, libros de redacción y todo material disponible en Internet sobre técnicas narrativas. Poco a poco dejó de ser un simple hobby o una vía de escape. Escribir se volvió vital.

 

Como creador, creo que escribir conlleva una gran responsabilidad. ¿Lo sientes también así?

 

Sin dudas. Me hiciste recordar la frase: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” y así pasa con esta profesión, sobre todo cuando hay varios involucrados. Muchos piensan que la escritura es un trabajo “solitario”. Desde el principio conecté con personas que comparten esta afición. Escribo por presión, por retos, consignas, duelos o campeonatos: eventos donde participa más de una persona. Esto crea una responsabilidad desde el minuto cero: entregar la obra a tiempo y el compromiso de saber que hay alguien, en alguna parte, que está creando una historia junto contigo. Luego está el lector: esa persona que podrá conectar o no con tu obra. Es gracias al lector que podemos decir que todo el esfuerzo valió la pena.



 

Eres médico, psiquiatra, de formación. ¿Cómo se entrelazan la profesión que estudiaste y la escritura? ¿Se complementan?

 

Muchísimo. Diría que se apoyan y complementan. La psiquiatría me ayuda a comprender el mundo interno de mis personajes —y el mío propio—. La escritura me sirve como recurso terapéutico en mis intervenciones; no significa que como psiquiatra solo use la escritura como herramienta, ni que como escritor solo use mis conocimientos de psiquiatría. Son universos que se interconectan, uno toma fuerza del otro, pero mantienen su independencia.

 

¿Tienes algún referente de ambas disciplinas?

 

Lo más cercano a un referente es Viktor Frankl, un psiquiatra austriaco que sobrevivió varios años en campos de concentración y, desde su experiencia, escribió “El hombre en busca del sentido”, entre muchos otros libros sobre “logoterapia”, que es la escuela de psicoterapia centrada en la búsqueda del sentido de la vida. En narrativa, mencionaría a los clásicos: Julio Verne, Mark Twain, Poe, y como exponentes cinematográficos: Miyazaki, Tim Burton, Hitchcock, quienes, de distintas formas, han influido en mi proceso creativo.

 

Háblame un poco más sobre tu desarrollo profesional como escritor… ¿De qué herramientas te has valido para tu formación literaria? ¿Has tocado puertas? ¿Se han abierto para ti?

 

En el año 2023 hubo un evento que marcó un antes y un después en mi vida: matriculé en el curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Mejores profesores no pude conocer; siempre estaré agradecido con todos ellos. Fue un año que sentó las bases del escritor y de la persona que soy ahora. Poco tiempo después ingresé al Laboratorio de Escrituras, dirigido por Elaine Vilar Madruga, que también tuvo gran impacto en mi formación. Esta época fue trascendental: Fue mi bautizo dentro de los certámenes literarios y el inicio de mi camino como escritor.

El año pasado comencé a asistir a los talleres de escritura creativa de la Universidad de la Habana, dirigidos por el profesor Ramón Bermúdez, y actualmente participo en campeonatos y concursos de escritura que, de alguna forma, favorecen el proceso creativo de los participantes.

 

Enumera tres ingredientes, por decirlo de alguna forma, que debe tener un buen escritor.

 

Imaginación; es la base para crear. Sin imaginación, solo hay una fuente sin agua.

Disciplina; no podemos escribir solo cuando venga “la musa”. De ahí parte la responsabilidad y la voluntad para comenzar y terminar nuestra obra.

Creatividad; nos permite producir algo único, “original”. Es nuestro sello. Lo que nos hace romper estructuras y explorar nuevas formas.

 

Hace poco resultaste ganador del Premio Laboratorio de Escrituras que convoca el proyecto del mismo nombre creado por la escritora cubana Elaine Vilar Madruga, un premio que ya habías obtenido en su edición pasada. Antes también habías ganado otros certámenes como el Concurso Mabuya de Cuento, 2023. ¿Qué importancia crees que tienen los certámenes literarios con respecto al desarrollo de jóvenes escritores dentro y fuera de Cuba? ¿Eres un participante activo de estos formatos?

 

Como muchos, al principio tuve miedo y pensé que no ganaría nada al mandar un cuento a un concurso. Alguien me dijo —y hago mías sus palabras—: “¿Qué vas a perder?”. Recuerdo ganar el anterior Premio del Laboratorio de Escrituras en la categoría Infanto-juvenil, con un cuadernillo. Ese fue el primero de mis premios, el más importante porque fortaleció mi confianza y rompió el miedo inicial de mandar mis obras a concursos literarios.

Respondiendo a la pregunta, creo que los certámenes son muy importantes. Son oportunidades, puertas que se abren y a veces no somos conscientes de todas las ventajas que ofrecen a los escritores en formación.

 

Como joven escritor, ¿qué te gustaría aportar a la literatura cubana actual?

 

Al hablar de aportes a la literatura cubana, sin dar respuestas pretenciosas, contaría mi verdad, exploraría la complejidad de la mente humana y cuestionaría lo que solemos dar por sentado. Todo esto con un estilo directo, claro y cercano. Tal vez en unos años cambie mi forma de pensar; creo que un mismo escritor puede ser varios autores a lo largo de su vida.


Además de escribir y prepararte, te interesa apoyar la formación y libertad creativa de otros que comienzan a recorrer el camino de la literatura. Has impartido talleres y abierto espacios con ese fin. Cuéntanos más sobre estas oportunidades de crecimiento.  

 

Siempre me gustó la docencia. Para aprender, me gusta enseñar; es un recurso que me ayuda a consolidar los conocimientos. Mis experiencias en talleres comenzaron de forma online, durante la cuarentena del 2020. Años después, hice talleres presenciales en el parque de H y 21, en el Vedado, donde nos reuníamos esporádicamente a hablar de literatura. Esas eran nuestras primeras “aulas”, un parque, a veces una escalera, un lugar público. En 2024 tuve la oportunidad de hacerlo en la Vitrina de Valonia, gracias al proyecto Bookkuba. Comencé esa experiencia junto a un amigo dramaturgo; nuestro objetivo inicial era enseñar las técnicas narrativas conectando nuestros conocimientos sobre teatro y psiquiatría, buscando salir de lo esquemático. Cada clase fue un juego, una experiencia distinta y el taller duró doce sesiones. Ahí nació Industria del Alma, mi proyecto personal, que más tarde adopta esa forma de trabajar: experiencias creativas y dinámicas lúdicas donde aprender y explorar van de la mano.

 

¿Qué es Industria del Alma? ¿Por qué ese nombre y no otro?

 

El nombre surgió en una de las sesiones de nuestro primer taller, como resultado de una reflexión colectiva a la pregunta: ¿Por qué las instituciones siempre dicen “arte y literatura” como si fueran dos elementos separados o dos mundos distintos? Esa pregunta abrió un debate profundo sobre el sistema que rodea a la creación. Uno de los miembros del taller pronunció por primera vez la frase “Industria del Alma” y la adoptamos porque capturaba una de las paradojas esenciales de estos tiempos: “cómo aquello que consideramos más íntimo, espiritual y humano puede convertirse en un producto”.

Industria del Alma nace con el propósito de crear experiencias donde sus participantes conecten consigo mismos y con los demás a través de la palabra, el cuerpo y la creación. Se apropia del concepto de no-taller: un espacio de aprendizaje que no sigue la estructura tradicional de un taller formal y que da voz y protagonismo a quienes participan. El proyecto se nutre de diferentes manifestaciones artísticas como herramientas de autoconocimiento, diálogo y transformación.

 

¿Cómo promocionas tu obra? ¿Te interesa llegar a un público lector en específico?

 

He tenido la suerte de que algunos de los certámenes en los que he participado han facilitado el trabajo de promoción. De manera activa no es algo en lo que me haya concentrado, a diferencia de los talleres o del mismo proceso de escribir.

Respecto a un público específico, cuando escribo, la mayoría de las veces no pienso en uno. Mi primer lector debo ser yo. Si no me gusta lo que escribo, no puedo esperar que le guste a alguien más. Mi segundo lector es mi papá, cada vez que termino algo, él es el primero en leerlo —esto no significa que escriba solo para él, o para mí—. Como muchos escritores, deseo que mi obra llegue a la mayor cantidad de personas posible.

 

¿Existe algún tema con el que te sientas especialmente comprometido dentro de tu creación literaria?

 

No trabajo con un tema específico, aunque siempre regreso a los tópicos universales como “la vida, el amor, la locura o la muerte”, pero no de forma consciente. No me suelo poner límites. Puedo moverme desde el realismo hasta la fantasía o la ciencia ficción. Sigo las palabras de uno de mis profesores de narrativa: los géneros realmente no existen, son solo ambientaciones para contar una verdad. Y eso es lo que trato de hacer, contar mi verdad independientemente de la “ambientación” que elija.

Lo que sí se repite es el proceso creativo: escribo desde el inconsciente. Dejo que mis manos tecleen solas y muchas veces ni siquiera conozco el final de la historia. 

 

¿En qué o quién piensas cuando ves un texto tuyo terminado?

 

Cuando termino un texto —y no exagero—, siento que un pedazo de mí se queda en él, como si perdiera una parte de mi alma. Necesito un tiempo para respirar, sin escribir ni leer ese texto.

No pienso en alguien en específico —o sí, depende del texto que sea—. Hay historias que funcionan como cartas de despedida, no en sentido literal, son cuentos que hago para cerrar un ciclo, para despedirme de algo o de alguien. Generalmente me gustan mucho más por el sentido emocional que por la calidad técnica.

 

Para terminar, ¿qué esperas de este año?

 

Quiero escribir, empezar y terminar proyectos de libros, pero, sobre todo, quiero ver crecer Industria del Alma. El año pasado el proyecto dejó de ser una idea o un sueño y se convirtió en algo concreto. Este año deseo dedicarme de lleno a su edificación: organizar más No-Talleres y crear espacios que sirvan de refugio en medio de lo cotidiano, donde las personas puedan conectar con su creatividad y con ellas mismas.


 

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