Dianelis Morejón
La madre que habita en mí
La maternidad también es un viaje

Querida amiga:
No sé cómo empezar a hablar de esto sin que se me haga un nudo en la garganta. Primero quiero decirte que te extraño y que cada carta tuya se siente como un abrazo.
Hace poco reflexionaba con un compañero de trabajo sobre la vida, y el tema que más escuché —sí, porque una cosa es oír y otra escuchar— fue el de nuestra partida de la isla. Él se preguntaba si aquello había sido un acto de valentía. Le hablé sobre la exposición de arte que me contaste en aquella carta. Considero que las cadenas se sienten aún en la libertad, como escuecen mis muñecas de dolor y como lo hicieron mis ojos el día que partí.
Recuerdo vivamente la emoción por irme. En mi mente planeaba cada cosa que haría una vez estuviera fuera de Cuba: a dónde iría, qué comería y el supuesto carro que tendría una vez tuviese trabajo. Banas ilusiones de todo inmigrante principiante. Porque sí, esa semana en que pisas tierras distintas, raras veces te acuerdas de lo que dejas atrás. El dolor llega después, cuando nada de eso llena el vacío que deja la soledad.
Si me preguntas por la valentía, yo diría que lo fui. Hay travesías que, como la mía, son un milagro, pero otras tristemente dejan a familias llenas de tristeza e incertidumbre.
Aquel año mi primera parada fue República Dominicana. Lo impactante de ese primer aterrizaje fue el olor de aquel sitio, un aire diferente, tanto que cerré los ojos para contenerlo. Una hora ahí y ya tu sobrino quería todos los dulces y juguetes de todas las tiendas; nunca había visto tantos colores vivos en un solo lugar. Ver la cara de mi hijo, hambrienta de felicidad, me bastó para no hacerle caso a esos pensamientos intrusivos que el miedo y la nostalgia siembran en nuestra mente.
Cuando acabó la hora abordamos otro avión rumbo a Nicaragua, y una vez allá nos esperaban quienes guiarían el viaje. Ellos nos reconocieron por fotos y, al verlos caminar hacia nosotros, miré a mi hijo. Mi corazón se detuvo y pensé: ¿Es esto lo correcto? No me dio tiempo a responder, pues ya estaba subida a un auto rumbo a algún sitio desconocido. Solo quedaba confiar en Dios.
El trayecto de Nicaragua a Honduras fue de noche. No vi nada, solo oscuridad, hasta llegar a un hotel donde pasaríamos el resto de la noche hasta la madrugada siguiente. Llegaron las 5:00 a.m. y un nuevo camino a emprender hasta Guatemala. Cada segundo de ese viaje era una batalla con la mente, pensamientos que solo se disipaban viendo a mi hijo sonreír. ¿Cómo era posible hacerlo en medio de aquel momento? Era un niño; su despreocupación e ingenuidad no eran capaces de percibir el riesgo que suponía.
Me cuestioné muchas veces mi maternidad: si era correcto someterlo a semejante locura o si era buena madre. Pero su sonrisa al ver los paisajes a su alrededor —los más bellos que había tenido la dicha de ver: el verde, el amanecer casi al salir, las aves y el frío de la mañana— me dio fuerzas. Sin embargo, la mejor parte fue cuando nos detuvimos al inicio de un maizal que debíamos cruzar hasta el otro extremo. Ahí nos recibió un espantapájaros y una neblina tenebrosa; me sentí en una película de terror hasta que el amanecer se alzó entre nosotros y vi los tonos amarillos más hermosos. El sol calentó mis mejillas y secó el rocío que nos acariciaba la piel.
Una vez cruzamos, otros autos nos transportaron hasta México. Allí estuvimos casi tres días. Aquí lo resumo, pero fueron más de quince días, de caminos no tan bonitos, de noches anhelando llegar y abrazar a mi hermana, de la ansiedad de que en uno de esos trayectos no resistieran mis piernas o pasara lo que muchos cuentan de sus experiencias. Me sentía egoísta al arrastrar a mi hijo a esto, de ponerlo en riesgo para darle un futuro mejor, un futuro que ahora es claro, pero en ese momento era difuso. No solo la vida de mi niño estaba en riesgo, sino el sacrificio de mi familia y otras tantas que conmigo iban.
Cuando te atreves a irte y renunciar a todo, te tildan de loca. Yo no sé decirte si lo volvería a hacer; tendría que regresar. Sin embargo, cada día anhelo a mi familia, a eso de lo que hablaste en una de tus cartas, a la cárcel que fabricamos por una mejor vida, la lejanía y las tristezas que tejemos de un extremo a otro.
Mi viaje fue satisfactorio, pero cada destino era una cuenta regresiva, una oración contestada. Cada segundo estuvimos en peligro; si no, pregúntale a la velocidad con que íbamos en esos autos en carretera, a ese puente de tablas donde, si mirabas abajo, solo veías el río correr veloz, también a la barca improvisada con gomas y tablas para cruzar el río. Cada momento fue un jaque. Por suerte nunca capturaron al Rey.
Hoy estoy bien. Mi hijo crece sano, pero no conoce a sus abuelos, y una pantalla congelada se ha convertido en el puente que los une.
Te contaría más de México y sus pueblos coloridos, y de las muchas personas que fueron enviadas de regreso a Cuba mientras otras pudimos escapar. Te contaría de las noches durmiendo en terminales y aeropuertos con un ojo abierto, por si acaso. De la incomunicación y la fiebre intensa de tu sobrino que nos vino a visitar, de cómo casi entre medicamentos y alimentos nos quedamos sin dinero. De la amabilidad de los mexicanos y de una señora y su niña que nos hicieron parte de su familia.
Cada familia separada lleva consigo una historia y un sacrificio, muchas veces incluso un adiós eterno. Estoy consciente de mi loca valentía, pero si de algo estoy convencida es que no hay un segundo en el que no deje de pensar en mis padres, en ti cuando ni siquiera nos pudimos despedir, en que me plantee un regreso, un abrazo.
¿Estaría fracasando si lo hago?
¿Habría sido en vano el riesgo que hice correr a mi niño?
¿Sería mala madre si le quito la oportunidad de vivir mejor?
Cuánta responsabilidad conlleva esa palabra: mamá.
Yo diría que la valentía más grande de esa travesía no fue irme ni despedirme, fue ser madre en medio de todo eso y seguir siéndolo.
Con anhelo deseo volver a verte, mi vieja amiga.
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