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Barbarella D’Acevedo

La señal en el muro

Sobre una calle en la ciudad de Matanzas y la memoria familiar.

Barbarella D' Acevedo
La señal en el muro
Viajo a Matanzas a un compromiso, pero con la ilusión de encontrar una calle, la señalización en una calle, que coincide con mi apellido. Voy en un autobús con gente que conozco, pero en realidad estoy sola, que resulta una buena manera de viajar… 
Con Matanzas preservo una relación a ratos tortuosa. Ya estuve antes: la primera vez cuando murió mi abuela; ella pidió ser enterrada en Matanzas y casi niña todavía, me tocó viajar en el carro fúnebre. No se podía, pero el chofer fue permisivo. Recuerdo la llegada a la ciudad después de la noche sin dormir. La vista del Pan, como en el poema de Heredia: “(…) ansiosos miramos / al confín del sereno horizonte, / y a lo lejos descúbrase un monte…/ Le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!” Y luego la visión del sol despertando en el de agua de la bahía. Tras esa primera vez regresé a Matanzas en varias ocasiones. En otro velorio… Y luego, en una visita, que debió servirme para aprehender la ciudad, aunque terminara en el imprevisto del accidente absurdo a orillas del mar… En esa ocasión, así y todo, me alcanzó el tiempo para visitar el Museo Histórico Provincial, la Casa de Junco. Aunque no tropecé con la señal de la calle que ahora iré buscando, esa que mi abuela, mucho antes, me había advertido que existía.
Vamos por la carretera central. El mapa me permite saber el momento exacto en que paso cerca de la Julia, donde nació mi abuela. De pronto me alcanza su voz y la de sus hermanos en la fiesta de San Juan. Por un instante, todos vuelven a ser chicos. Ya he escrito de esto antes, como si hubiera estado ahí. Mis manos acarician las paredes de la casa de los caracoles, la casa santuario que construyó el maestro Murillo para pagarle una promesa a la Virgen de la Caridad. Supe que en La Julia hubo una Madre de Aguas.
Esta vez he hecho los deberes antes de mi arribo a Matanzas, y entendí que la calle que ansío encontrar tiene otro nombre en los mapas. En una época fue la Calle Magdalena, nombre que ha quedado en el imaginario de la gente e incluso en algunas señalizaciones; luego la calle número 272. Lo cierto es que llego a Matanzas, participo en la ceremonia prevista y después aprovecho la hora del almuerzo para recorrer sola y bajo el sol intenso la ciudad por mi cuenta. La verdad es que recuerdo muy poco de su trazado y durante unos minutos temo extraviarme, sobre todo porque me falta la referencia del mar. Prefiero preguntar antes que consultar el mapa. Luego me encauzo rumbo a la Calle del Medio, hacia el atardecer por la Calle del Medio, que atraviesa el Centro Histórico y conduce mis pasos a la Plaza de la Vigía. Recuerdo entonces la historia de La China, la célebre loca de la Calle del Medio, uno de esos personajes pintorescos…, inmortalizada también en una obra de teatro de calle del Mirón Cubano. La China abría las puertas de su casa a media tarde para, desde su cama, ofrecerles a los transeúntes un espectáculo. Recuerdo que mi abuelo me hablaba de ella. Encuentro la sede de Teatro de las Estaciones, sé que tengo una foto en su puerta de hace muchísimo tiempo, pero no consigo reconocer del todo el lugar. 
Paso a un costado de la Catedral, cerca de la rueda de ingenio y la campana junto a la ceiba plantada en 1898. Sigo sin detenerme, hasta encontrar al fondo de mi alegría, / la Plaza de la Vigía, con su antigua estación de Bomberos, el Ayuntamiento y el Teatro Sauto. He llegado tan pronto, después de la caminata intensa, que escojo detenerme. Logro cierto disfrute al retrasar el encuentro con aquello que busco…  Me alejo incluso rumbo al puente de hierro, el puente de Tirry, sobre el río San Juan, Pienso de manera inevitable en Carilda, y en mi arrepentimiento, porque antes, no me atreví a tocar la puerta de su casa en Tirry 81, cuando todavía se podía. Te debo, Matanzas, ratos / de bohemia y de locura. Pienso también en mi abuelo, ¿era de este puente que se lanzaba a buscar las monedas que le tiraban al río? Un poco más allá ha de encontrarse el mar. 
Pronto encuentro lo que ansío. Esta vez mantengo la vista hacia lo alto. Y ahí está en la esquina del Palacio de Junco, la señalización de la calle que dice “Gral. Guillermo Acevedo”. Soy tataranieta del coronel Pedro Acevedo. Guillermo y Pedro eran hermanos. Los dos lucharon por la independencia en Matanzas en la Guerra del 95. Pienso en el significado de la palabra Patria y en si es eso lo que le ha dado sentido a mi búsqueda, o algo más que no sé nombrar, quizá entender de dónde vengo. Sé que he hecho este desplazamiento en parte para encontrar la calle que antes no alcancé a recorrer, a conocer… Le pido a una desconocida que me tome una foto. El nombre de la calle queda borroso allá arriba y yo podría ser yo, e incluso otra, pero no me importa. Pienso que me habría gustado conocer a Pedro y a Guillermo y en lo que me dirían…
Me detengo en el cruce del camino lo justo. Siempre que viajo se me olvida comer, así que ni siquiera he almorzado. Y todavía me aguardan otros compromisos… 
Regreso por la Calle Milanés; tropiezo con Milanés del otro lado de La Catedral. José Jacinto Milanés fue el protagonista de una obra que escribió mi padre: Milanés, el poeta que pasó años de mutismo, acosado por los delirios y visiones, en el aislamiento de su casa…
Más adelante encuentro el Parque de la Libertad, con la escultura de la mujer que sujeta las cadenas con los brazos en alto. No sé por qué se me figura un ángel que clama, para hacernos despertar… 
Reconozco a mi abuela que pasa sin verme. Tiene apenas quince años y desde hace poco tiempo vino a la ciudad como empleada doméstica … Descubro también a mi abuelo que la observa a cierta distancia. Los jóvenes se pasean por el parque para oír las retretas con los danzones de moda. Mi abuelo, nieto de un coronel de la guerra de independencia es el hijo de una familia con empleadas domésticas, si bien, él mismo elegirá trabajar toda su vida. 
Un poco más allá están las ruinas de la casa de mi bisabuelo Miguel Acevedo. Sé que podría encontrar el sitio exacto, que me mostró mi madre, si me lo propongo. Mi bisabuelo tenía un sinsonte sin jaula, que lo visitaba todas las tardes. Crecí escuchando esa historia que se repetía una y otra vez como un misterio… Tal, quizá sea para mí, el único sentido de la palabra libertad. 
De regreso a mis deberes, preservo un único pesar: no haberme dado más tiempo para recorrer Matanzas, apurarme de más… vivir con intensidad lo que necesitaba calma para degustarse mejor. 
Debí sentarme un rato a solo mirar la vida alrededor.
Sigo aprendiendo. 
Escribo en el viaje de regreso. El atardecer alcanza los más espléndidos tonos de rojo en la carretera. 

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