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Poesía

Latitudes

Un poema sobre el jardín, la casa, la vida...

Frank Llovet5 min
Latitudes

La noche extiende su aceite sobre las lomas y los techos de cinc,
un unto espeso para ablandar al día.
Los insectos encienden sus velas en el altar de los portales,
y el aire se endulza, se espesa, se vuelve casi masticable.
Todo es denso, litúrgico, lento.
La cucharilla gira en la tasa como un astro enano,
el azúcar se disuelve con la lentitud de la absolución,
el sudor del cuerpo amado resbala por la espalda
como una promesa que no hace falta pronunciar.
La tierra ya no es herida, es una olla que hierve,
un ajiaco de siglos que no estalla,
un aroma de clavo y de albahaca que sube desde el fogón como un rezo.
La ceiba suelta su vaho de leche antigua,
de raíz que horada el sueño de los muertos,
y en el patio trasero de la infancia,
alguien parte un melón con la misma unción con que se abre un sagrario.
La isla es una catedral donde la luz oficia su misa amarilla.
Las baldosas de los portales son lápidas que la humedad reescribe,
y en cada grieta brota un helecho obstinado,
un verde que se niega a rendirse.
Las columnas sostienen un cielo que se desploma
como el telón de un teatro.
Y el amor, en esta catedral de escombros y especias,
no es un refugio, es un animal de musgo que respira en la pared,
una lenta invasión de yedra,
un rumor que camina, que nadie toca, nadie convoca, nadie puede callar.

El otro que quiero ser, el que mira este declive
desde la seguridad de un posible futuro, no sabe que lo miro.
El tiempo es una galería de ecos,
un pasillo donde cada paso repite el anterior, pero más leve, más lejos.
Yo soy el que olvida una cifra, un nombre, un color.
El que confunde un país olvidado con el olvido de un país.
Alguien soñó esta insoportable circunstancia;
alguien soñó esta brisa y la dejó olvidada en un zaguán.
Pero en el centro del dédalo, más allá de la simetría y del reflejo,
hay un patio donde tu cara es una flor de azahar que arde sin consumirse.
No sé si soy el que sueña o el soñado.
Pero he visto tu reflejo en cada espejo del pasillo, y eso basta.

Una nueva criatura despierta en la ínsula,
es el amor, que se alza con sus alas de pabilo y sus garras de miel,
con sus ojos de crepúsculo donde giran,
como en una espiral, todos los que no tuvieron nombre.
Te miro y el mar se cubre de las escamas doradas que le regala el sol,
te palpo y la rueda infinita detiene su giro sobre el horizonte,
te nombro y los que yacen en la hojarasca de la historia
se incorporan para escucharme.
Tú eres el centro que no puede sostenerse,
la torre que tiembla cuando la roza la aurora,
la profecía que por fin nos pertenece.
No hay más orilla que tu boca,
ni más nave que esta caída vertical hacia tus brazos,
donde el tiempo se deshace como el azúcar en las tazas de café cada mañana.
Criatura bella y terrible, lamías la fisura y hoy lames la llama.
Rosa inmóvil, espiral, condúceme a la torre donde arde la única vela.

 
Tórrido, tórrido, tórrido, el dios se desdice, se desangra, se desdiós.
La tierra es una costra, un coágulo, un golpe de sol contra los dientes.
Pero tú, tú me tocas y el trópico se parte.

Tanta sangre seca sobre la sal.
Tanta bestia babeando bajo el sol.
La noche es un hueso que el perro del mediodía no termina de roer.
Pero tú, tú me nombras y el hueso se vuelve música.

Sal, silencio, saliva.
La sombra de la sábana sobre la sien.
Sobre la sed tu sílaba,
sobre el sueño tu soplo.
Suave, suave, suave.

Lejos, leve, lento.
Lame la lengua del litoral tu labio.
La luz se hace lenta,
la loma se hace lecho,
la luna se deslíe.

Noche, nave, nube.
Náufrago, navego tu nuca.
Nada me nombra, nada,
salvo tu nombre que no nombro,
tu niñez de níspero,
tu necesidad de nido en mi noche.
Nómada, dómame.

Caña, coral, calla.
Canta la cal de la caracola.
Cuba se cuaja en tu cadera,
cae la cárcel, calla el cañaveral,
canta el coágulo cuando callas.

Arde la arena,
arde el agua,
arde.

Al alba, amor, al alba
abre tu aliento,
alumbra.

Ya el alba sube, sube, sube
como una sábana suave sobre el sueño.

Se acaba el soliloquio del sol.
Somos solo el soplo de dos que se saben
sal, sal, sal
de la misma herida.

Silencio, suave, sueño.

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