Narrativa
Médicos-escritores: un territorio compartido
La medicina es una carrera hermosa, pero el contexto en el que entras cuando decides practicarla, lamentablemente, se vuelve tedioso y desgastante.
Pábulo

El olor del hospital todavía aparece de vez en cuando. Ese olor a carne cauterizada, a quirófano en destrucción, a bilis… el olor a enfermedad que me envolvió todos los días durante siete años. Confieso que llegué a odiar esa sensación, de la misma forma que detestaba las tantas horas de pie, sin comer ni beber agua.

La medicina es una carrera hermosa, pero el contexto en el que entras cuando decides practicarla, lamentablemente, se vuelve tedioso y desgastante. Lo peor es que lo notas, ves cómo se te marchita el rostro. Además, ser médico en Cuba también es enfrentarse a realidades sociales intensas: la escasez de insumos, el retraso enorme de los resultados de las biopsias, la contaminación del agua, las pésimas condiciones higiénicas—que poco o nada tienen que ver con esa falta de insumos—, el sueldo, el maltrato al personal y a los pacientes, la prepotencia y la falta de ética de muchos "profesionales", entre otros fenómenos que a veces prefiero pensar sólo se ven en mi país.
No puedo decir que nunca encontré acompañamiento ni buenos referentes. Tuve la suerte de rodearme de algunos profesores y colegas que siempre me devolvían la confianza en el acto humano de servir y ayudar a los demás, sin mayores pretensiones que ver la mejoría de ese otro que, a pesar de vivir la misma realidad que tú, llega adolorido, preocupado o vive sus últimos días y sólo espera encontrar alivio en alguien que decidió justamente eso: ayudar.
Quizás por ese motivo se me hacía tan injusto no brindar una respuesta. No tener la capacidad de explicarle a un paciente por qué el resultado de su biopsia aún no estaba después de tres meses, sobre todo porque para cuando ese resultado estuviera, ya el pronóstico de su enfermedad sería diferente. Por más que quisiera ayudar, ya no podía. Por eso y porque la medicina nunca fue mi sueño—porque creo firmemente que de haberlo sido hubiese muerto en la batalla del desgaste—, decidí irme, decidí seguir otro camino que si bien no era nuevo para mí, todavía me costaba ver como algo económicamente sustentable.
Había comenzado a escribir unos años antes de graduarme en Medicina, pero fue en los últimos años de la carrera que me acerqué a otros escritores, publiqué mis textos en medios digitales y revistas y me tomé la profesión un poco más en serio. Para ese entonces me empezaba a ilusionar la idea de ser escritor.
Al principio no se me tomaba tan en serio. Para un estudiante de medicina de veintidós años que vivía en un municipio de Artemisa, al Occidente de Cuba, era difícil encontrar oportunidades y apoyo para su sueño de ser escritor. También por el hecho de que en mi contexto social se me reconocía sólo como médico en formación, y no así como poeta o literato. Sin embargo, con el tiempo y algunas decisiones mi realidad cambió y, finalmente, terminé dedicándome al oficio de la escritura y a la comunicación.
El contacto con escritores y artistas me hizo cuestionar muchas cosas. Sabía de otros que también provenían de la Medicina y que eran o se habían convertido en grandes narradores, poetas, guionistas, fotógrafos, músicos, etc.; entonces, despertó mi curiosidad y algunas preguntas que me hice varias veces: ¿por qué tantos médicos terminan escribiendo? ¿Qué hay en la medicina que empuja hacia la literatura?, ¿qué tienen en común ambas profesiones?
Un elemento a mencionar es la gran cantidad de médicos que se forman en Cuba o que se han formado en los últimos años, debido principalmente a la alta cobertura y número de plazas que se destinan a la profesión en el país, a pesar de la cual una cifra para nada despreciable de estos graduados termina abandonando la profesión. Por eso es frecuente encontrar médicos trabajando en disímiles oficios a lo largo del archipiélago; pero no es de eso sobre lo que hablo. Hablo de un fenómeno global.
Si hay algo en común entre ambas profesiones es la sensibilidad. La medicina observa y trata el cuerpo; la literatura, el alma. Ambas interpretan signos y símbolos.
Por otra parte, la enfermedad ha sido siempre una metáfora. En lo personal, es uno de los temas más recurrentes en mis textos. Encuentro interesante trabajar con los cambios del cuerpo y cómo influyen en el comportamiento y la apertura moral de los personajes o sujetos. La enfermedad como símbolo, como objeto rígido y punzante.
Susan Sontag (1933-2004), escritora y novelista estadounidense, escribió que la enfermedad nunca llega sola: carga con las palabras y los prejuicios de la época. En La enfermedad y sus metáforas, recordaba cómo la tuberculosis fue el mal romántico del siglo XIX, una dolencia que parecía otorgar delicadeza, sensibilidad y hasta genialidad a quien la padecía. En cambio, el cáncer se volvió durante buena parte del siglo XX, un signo de oscuridad, de represión, de algo no dicho que el cuerpo encerraba y acababa devorando.
Como médico en Cuba vi cómo ese mecanismo seguía vigente. No pocas veces los pacientes llegaban con miedo a pronunciar el nombre de su enfermedad, como si nombrarla en voz alta fuera a concederle más poder. Esto es mucho más evidente con las enfermedades mentales. Esa carga simbólica condiciona la forma en que se asume el tratamiento. Hay que desarmar también esa metáfora. Y es ahí donde la medicina y literatura se rozan. Tal vez el verdadero desafío está en hallar un lenguaje que cure sin herir, que nombre sin aplastar, que permita a la enfermedad ser lo que es: un proceso biológico, y no un destino moral.
Cuando se estudian la literatura universal y los autores clásicos—sus biografías—sorprende la cantidad de intelectuales o empíricos que tuvieron formación en carreras de Ciencias Médicas o conocimientos de estas ramas. Algunos graduados y otros no. Algunos más y otros menos conocidos.
Antón Chéjov, por ejemplo, atendía a sus pacientes rurales durante el día y por las noches escribía los cuentos que lo convirtieron en uno de los grandes maestros de la literatura universal. Su frase célebre: ‹‹la medicina es mi esposa legítima y la literatura mi amante››, lo resume perfectamente. Quizás por eso sus personajes son más humanos y denotan fragilidad.
Arthur Conan Doyle, oftalmólogo escocés, fue el creador de Sherlock Holmes, un detective que piensa como médico. Observa síntomas, formula hipótesis, descarta las opciones improbables. Algo así como el método clínico convertido en método detectivesco.
El modernismo norteamericano tuvo a William Carlos Williams, un pediatra que escribía poemas en las recetas. Su mirada atenta a lo inmediato—una mujer con una carretilla, un niño con fiebre—hizo de su poesía un retrato de lo cotidiano.
Mijaíl Bulgákov también fue un joven médico en un hospital ruso antes de convertirse en el autor de El maestro y Margarita. En sus Notas de un joven médico, narró con crudeza y humor la experiencia de enfrentarse a pacientes en condiciones precarias, con más incertidumbre que recursos.
También se pueden mencionar autores como John Keats, poeta romántico quien no llegó nunca a ejercer la medicina puesto que se dedicó pronto a la poesía, Rafael Campo, médico internista y poeta cubano-estadounidense cuyos textos suelen abordar la enfermedad, la compasión y la experiencia clínica, y Robin Cook, oftalmólogo y novelista que popularizó el género de la ficción médica con un enfoque científico y de suspenso.
Y no sólo en Europa, en el mundo contemporáneo la tradición se extiende. Michael Crichton, graduado en Harvard, decidió cambiar la bata por los guiones de ciencia ficción. De su imaginación nacieron Jurassic Park y la serie ER (Urgencias), que devolvió la medicina a la televisión.
Cuba no está lejos de ese fenómeno. Puedo mencionar a Miguel de Carrión, escritor y periodista, graduado de médico en la Universidad de La Habana. Uno de los principales exponentes de los escritores de la primera generación republicana, autor de dos novelas bastante conocidas: Las honradas y Las impuras. En la primera de ellas, Las honradas, el autor pone en boca de su personaje: ‹‹De todas maneras, pienso que la novela de la mujer no está escrita todavía, y que para hacerla es menester que su autor sea médico, cura o mujer, y aun mejor, unir estas tres actividades en una extraña colaboración››. Esta frase, dota al médico-escritor de una capacidad sublime para escribir las sutilezas o contradicciones propias de un personaje femenino, apelando a su verosimilitud y resolución artística.
Por otra parte, José Elías Entralgo—médico, profesor universitario e historiador de la medicina en el país—, Carlos J. Finlay—descubridor de la vía de transmisión de la fiebre amarilla y autor de textos de carácter ensayístico sobre la práctica médica—, y otros menos conocidos, incluso foráneos que tuvieron formación médica en Cuba, como José Joaquín Palma, quien fuera autor de la letra del himno nacional de Guatemala.
En el archipiélago cubano, más que una larga tradición de médicos-escritores de ficción, ha habido un fuerte desarrollo de médicos que escriben ensayos o crónicas científicas. Lo cierto es que el cruce entre ambas profesiones es evidente.
Resulta también muy interesante la exploración de la enfermedad como motivo recurrente en la literatura de estos autores, como explicaba algunos párrafos atrás. Algo que, además, percibo y reconozco en mis textos. El trabajo simbólico con los órganos, los procesos y mecanismos biológicos que muchas veces también se extienden a otros organismos. La avidez por estos temas y la experimentación, pueden devenir textos atractivos.
Después de reunir todos estos nombres y revisar parte de su obra, entiendo que quizás escribir después de haber sido médico es otra forma de escuchar. Toda esa experiencia y relación constante con el dolor y la cura es inevitable de explorar y traducir al espacio literario. La medicina y la literatura, más allá de la precariedad, son dos formas de comprender y acompañar la vida.
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