← Volver al archivo

Barbarella D’Acevedo

Nada ocurre por primera vez

Sobre el tango y cómo la autora se acerca a sus raíces

Barbarella D'Acevedo5 min
Nada ocurre por primera vez

Pretendo ejecutar un ocho, pero pivoteo a destiempo de manera irregular, desafinada, en una disociación torpe y acabo por perder el equilibrio. Solo cuando no lo pienso mucho el paso sale. En las clases siempre es así. Sin embargo, cuando practico sola y cierro los ojos, a veces logro ese instante de hacerme una con la música. Cuando era niña danzaba todo el rato, en cualquier sitio, sin que me preocupara ni siquiera ser vista… Hubo un tiempo en que ya leía y todavía bailaba, aunque después terminó por ganarme la lectura.

Quizá desde antes bailaba también. Con el tango me alcanza esa sensación y, en mis mejores momentos, avanzo silbando como quien evoca...

Me apuro ansiosa para dejar atrás las calles próximas al río. Subo las escaleras. Detrás del velo, la habitación que reconozco, aunque no la he visto nunca, o sí… Traigo los zapatos llenos de polvo, tanto que me los quito rápido y para que nadie pueda dirigirme un reproche, los escondo en el armario. El vestido se me pega a la piel, empapado de sudor, pero enciendo la lámpara de la mesita y me arrebujo con un libro junto a la cabecera de la cama, como se espera de mí. Porque no cabe levantar sospechas y ninguno debe saber de dónde vengo. La noche, el baile… “Todos llevamos nuestra humilde vida y una vida imaginaria”. Llegas después, cansado, y solo consigo verte de espaldas, pero sé que eres tú, el mismo y otro. Escucho tu sobrio saludo, próximo y a la vez tan lejano, suspiro de bandoneón en medio de la madrugada. Mi carne se tensa a través del tiempo en la añoranza de responder. Busco extender la mano para alcanzarte, pero el nenúfar de mi pecho me lo impide. Me quejo...

Según el letrista y poeta uruguayo, Silva Valdés, “el tango se baila con todo el cuerpo (…) como sin ganas, sobre carriles de lentitud”. Yo quizá pongo demasiada energía en todo. En el tocadiscos Niebla del riachuelo interrumpe mi paso presuroso… Aunque dibujo con delicadeza un lapicito, la caminata luego no me sale limpia; avanzo terca en la baldosa, de fracaso en fracaso. El salón es una biblioteca y a ratos hasta me olvido de marcar el ritmo mientras pretendo adivinar los títulos en los estantes.

Ni siquiera podría explicar por qué me decidí ahora a comenzar en las clases. Desde que empecé, el reto ha sido salir de la cabeza, volver al cuerpo... No intelectualizar tampoco los recuerdos que llegan de improviso para los que no hay explicación. No intelectualizarlo todo. Sin embargo, cuando busco y encuentro un volumen de Borges sobre el tango, mis planes se descarrían. Se trata de la transcripción de unos viejos casettes, encontrados de manera azarosa apenas en el año 2002 y cuya autenticidad corroboró María Kodama. Las cuatro charlas, anunciadas en su momento en el diario la Nación, fueron dictadas durante cuatro lunes de octubre en el primer piso, departamento 1, de la calle General Hornos 82, del barrio porteño Constitución y corresponden a 1965, aunque reviven una indagación un tanto más antigua. (¿Será que ese nombre, de Barrio Constitución, me significa algo…?) En 1929 Borges ganó tres mil pesos por el Segundo Premio Municipal de Literatura, lo que le permitió una investigación sobre el poeta Evaristo Carriego, que poco a poco derivaría en un estudio más personal acerca del tango. Borges repasa el Palermo y el Sur del pasado, con sus guapos, compadritos, niños bien patoteros, impresiones sobre el lunfardo, casas malas, mujeres de la vida y milongas para recabar en el origen, mitos, símbolos y lírica de la música más emblemática de ambos lados del Río de la Plata.

Desde mi esquina de la cama, leo en una noche, casi de un tirón las cuatro conferencias, a la vez que oigo en bucle Nostalgias, en la interpretación cuasi teatral de Nacha Guevara. Mi cuerpo se estremece ante la melodía. De súbito rememoro al viejo Antonio, un señor de mi barrio, que siempre al encontrarme me cantaba Volver, como si reconociera algo que yo no podía saber a cabalidad.

Para Borges el tango era la felicidad, una alegría; lo justifica en su narración de las letras de su primera etapa. A él mismo le encantaba tararear una simpática milonga: “Pejerrey con papas, / butifarra frita, / la china que tengo / nadie me la quita”. Discrepaba así de esa idea anclada en el imaginario, la frase que luego atribuye a Enrique Santos Discépolo de que el tango es “un pensamiento triste que se baila”. Mas, ahora soy yo la que disiente, pretendo convencer a Borges, y es que quién se atrevería a aseverar que la tristeza no puede coexistir con el gozo. Imagino de repente que lo he visto bailar, que lo escuché también… Ya sé por sus textos que visitó esos sitios del Sur, cerca del puerto. ¿Déjà vu?

Hace décadas me regalaron una revista sobre Buenos Aires; durante semanas aprehendí cada uno de los rincones en las fotos. No sé por qué me intrigaba tanto la imagen imprecisa del pequeño tocador en la tienda de antigüedades…

En su obra sobre el tango, Borges dice que nada ocurre por primera vez y le creo. Por eso me pregunto a quién le pertenece el sueño que acaricio. ¿Y la habitación tras la niebla? ¿Fue mía, o de una que se me parece? Otra… ¿Cuál era su nombre?

Hay un tango que se clava en mi oído.

Tiempo atrás te vi solo de espaldas, sin embargo, otros cuerpos supieron de guiarme en el abrazo mientras yo apenas seguía el movimiento, amarrada al recuerdo…

La voz se impone a través de la bruma para que yo consiga no equivocar un cruce:

“Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida”.


Imagen tomada de: aristeguinoticias.com

 

Comentarios (0)

  • Sé el primero en comentar.