Barbarella D’Acevedo
Otoñal
Sobre el otoño improbable, Stars Hollow y las películas de voltios azules.

A través de las hojas a punto de caer de los árboles, el rayo de luz de tonalidad naranja filtra su trazo en el sendero, siempre por delante… Nunca he sentido en mi piel un rayo de luz de semejante tonalidad, que no alcanzo a desprender ni siquiera de los haces de arcoíris en el bisel del espejo del tocador que heredé de la abuela. Y, sin embargo, es tal el color del otoño improbable en el trópico, una fantasía que presiento y se resiste. No he alcanzado a vislumbrarlo del todo ni al menos en esa serie televisiva que, según tantos, marca el comienzo de la temporada, Gilmore girls, la serie de Amy Sherman-Palladino, con su carga de diálogos ágiles, intensos, poblada de referentes de la cultura pop. He visto sus siete temporadas incontables veces en las más de dos décadas que me separan de su estreno, siempre en el arranque de la estación. Es un ritual cuasi obsesivo, como todos los rituales, para celebrar el instante en que el año comienza a agotarse, pero es demasiado pronto para desistir todavía o aspirar asimismo a un nuevo comienzo, y no queda más que aguardar a que un dios milagro numen se apodere de una. El equinoccio es la primera festividad de ese tiempo que empieza a morirse, que decae…, el momento para el desprendimiento de las hojas, en el último fulgor de su belleza. La caída siempre tiene su encanto…
Al principio me identificaba con Rory, yo, como ella, fui la niña que quería ser escritora, luego quedé más cerca de Lorelai, aunque pienso que estoy próxima a entender incluso a Emily. Lo cierto es que las chicas Gilmore me han acompañado a lo largo del tiempo, en dos momentos de obligado reposo, pero también en otros muchos de solo pasar el rato. O acaso soy yo quien ha terminado por acompañarlas a ellas…
Cómo convencerme de que no he visitado, a menudo antes del invierno, Stars Hollow, ese pueblo de gente un poco hípster, atemporal y extraña, la cafetería de Luke, y más allá, la tienda de antigüedades de la señora Kim, donde he visto los gnomos de jardín descansar junto a los relojes llenos de polvo, o no, los gnomos pertenecen a Babette, al jardín de Babette, y una debe tener el cuidado de no tropezar con ellos.
He tomado un sorbo de café mirando a la glorieta de la plaza. Stars Hollow es y no es Nueva Inglaterra. Bajo los árboles, el mundo siempre se encuentra de revés. En Stars Hollow me ha sorprendido la fragilidad de la luz, en las páginas del libro que leo recostada a uno de los árboles del parque, el arce con sus hojas de lóbulos puntiagudos. Sin embargo, cuando alzo la vista, la luz, en sus juegos de fuego, se desvanece, como la promesa de Jess de no regresar al camino tan pronto.
Porque en este lugar de la tierra, la única luz posible es la de las películas en blanco y negro de Kirk junto a su cerdo Pétalo, películas de voltios azules —le he robado una imagen a Sylvia Plath; Sylvia Plath habría podido vivir y escribir poesía en un pueblo como este—. La pantalla del cinematógrafo echa chispas para rendir homenaje a David Lynch.
Una noche vi Cabeza de borrador y alcancé otro plano astral, soñé que alguien atrapado, emparedado en el muro de mi cuarto, pretendía salir de la pared entre chispas de electricidad, cortocircuito; alguien, como un profeta. Me desperté espantada y, como otras veces, con dolor de cabeza y al día siguiente el sueño resultó premonitorio, pese a lo extraño… Es lo que trae tomar demasiado café para dormir y luego dormir con la cabeza abajo, y el pelo creciendo como raíces.
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