Dianelis Morejón
Un lugar para descansar
En la carta anterior te conté cómo fui valiente al elegir lo que quería ser; hoy te vengo a contar cómo un taller de poesía me enseñó sobre el amor y la compasión.

Querido amigo:
En la carta anterior te conté cómo fui valiente al elegir lo que quería ser; hoy te vengo a contar cómo un taller de poesía me enseñó sobre el amor y la compasión.
Hace un tiempo, cuando aun la poesía suponía un reto para mí y, lejos de causarme curiosidad, me aterraba, asistí a un taller impartido por mi profesor Octavio. Él tiene métodos hermosos para enseñar lo que sabe, y dos de las clases fueron dadas en espacios naturales, puesto que la temática del taller era el Natural Writing. El escenario del que te quiero hablar es el zoológico, un recinto que, como sabes, de niña evitaba a toda costa. Sentía temor hacia las aves, los cocodrilos y toda criatura carnívora o de cuatro patas cuya boca fuese demasiado grande para morderme y arrancarme un trozo. Y no es odio, vamos a llamarlo respeto, porque otra cosa que evitaba era imaginar que estarían muy tristes tras aquellas rejas oxidadas.
La sensibilidad es un rasgo muy marcado en mi carácter y claramente se nota en mi escritura, pero la lírica era algo que en aquel momento me resultaba difícil: me daba pánico, no me creía capaz de redactar nada decente y mucho menos para que fuese publicado en una revista, como nos había prometido el profesor. Según la calidad de los poemas que surgieran ese día, al final de aquel mes iban a ser publicados en una revista chilena.
Era una gran oportunidad y no podía desperdiciarla, porque, a pesar del temor a la poesía, había algo en ella que me intrigaba: quizás la manera tan desgarradora que tiene de quebrantarnos. Yo diría que me encantaba la sutileza que tenía de retarme y someter mis heridas más profundas a una sanación obligatoria. La poesía se volvió para mí un lugar de descanso tras aquel mes de aventurarme a sentir más allá del miedo.
El día de la visita al zoológico estaba nerviosa, imaginaba lo que vería y, solo con eso, se rompía mi corazón. Pero más triste fue estar allí y al adentrarme en sus miradas cansadas y sedientas: el hambre de algo más que comida, de una independencia negada. De niña nunca se me olvidaba no acercarme al estanque de los cocodrilos; el agua ahí fluía, pero ese día me acerqué y solo vi una isla seca, marchita, aunque rodeada de verde. Un verde que no hablaba de esperanza. Entre el musgo se asomaban unos ojos: ahí estaba el cocodrilo, quieto. Me imagino que ya ni esperan, solo existen.
Por primera vez en años no sentí miedo, sino rabia. Magnífico sentimiento para canalizar a través de la escritura. Me convertí en ellos, me visualicé como alguien que sobrevivía entre la humedad. Parezco estática; si cierro mis ojos, ¿a dónde me llevarán? No sé si a un lugar mejor, aunque preferible si con eso gano libertad.
No hice fotos, solo seguí el paso de mis compañeros hasta lo que parecían unos ciervos. Caminaban de un lado a otro, creo yo que se escondían del sol, de nosotros, sus verdugos. Egoístas que admiramos su belleza y los sometemos a la esclavitud para saciar nuestra sed de poder. Vi lágrimas en sus pupilas oscuras. Quise correr o tal vez llorar con ellos, sentarme al borde de la jaula y preguntarles qué sentían, abrirles la reja y otorgarles la libertad. Pero yo no soy nadie; solo me queda hablar de ellos y contarte su realidad.
La realidad de los monos, que son tan parecidos a nosotros que fingimos risas cuando la pena nos inunda. Pero si hay algo que no se puede ocultar es la forma en la que las miradas divagan por la vida cuando estás mal; a ellos les pasa igual. Se aíslan, te dan la espalda y se van. Necesitan espacio, pero ¿cuál?, si apenas pueden saltar. No tienen hogares, sino cárceles o circos, como lo prefieran llamar.
Ese día supe que no les tenía miedo a esas criaturas, sino a sus prisioneros. Que hay aves que, con alas, no pueden volar, porque su cielo se lo fabricó su amado para escucharla cada día cantar.
Supe que la poesía se volvería el hogar de mis desvaríos y el rincón de cada momento agradable. Porque es fácil escribir desde un lugar feliz: tomas el lápiz y ¡zas! Pero la ira, el rencor, la tristeza… ¿Qué pasa con esos sentimientos cuando deciden mezclarse? Solo una cosa puede pasar con un artista en un momento así: fundir una joya. Todos los alumnos ese día sufrimos una catarsis creativa.
Frida Kahlo, Van Gogh, Beethoven transformaron su sufrimiento en un lenguaje artístico simbólico que, aun después de siglos, sigue vigente.
Un taller en el que pasé del odio al amor en varios aspectos, y no solo a eso, sino a tomar conciencia de una realidad que me negaba a creer: darme cuenta de que esas criaturas son mucho más que un entretenimiento; son el espejo de la relación que tenemos con el mundo natural.
Para mí, la naturaleza es el puente que nos conecta con lo sagrado. Es la unión entre lo que soy, lo que amo y la manera en la que lo expreso y comunico al mundo. La poesía, mi forma preferida. Cuidar lo que nos rodea es tan importante como cuidar nuestra alma. Una no existe sin la otra.
No sé para qué te sirvan estas letras; sí sé que no te gusta nada la poesía, pero bueno, ahora ya sabes que tu sitio favorito de niño no está como lo dejaste.
Con cariño,
Tu vieja amiga.
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