← Volver al archivo

Dianelis Morejón

Una cita conmigo, frente al mar

Sobre el ajedrez, comienzo de una historia frente al mar.

Dianelis Morejón5 min
Una cita conmigo, frente al mar

Querido amigo:

Antes de comenzar a contar mi última aventura, quiero agradecerte por tus palabras en la última carta. La emoción me inundó al saber que estás bien y que no olvidas lo que vive en ti. Me divertí leyendo sobre Verona y aquella señora tan interesante que conociste. Nunca creí ser valiente, pero tendré que empezar a creerlo.

Hace un par de semanas me aventuré a aprender a jugar ajedrez. Confieso que no me creía capaz; sin embargo, fue más divertido y retador de lo que imaginé. Cuando decides seguir aquello para lo que viniste a esta tierra, todo parece no solo cobrar sentido, sino converger en un mismo punto. Las clases fueron frente al mar, y sabes la conexión que tengo con él. Desde que decidí romper el molde y ser lo que anhelo, y no lo que esperan de mí, me ha tocado pelear a puño limpio con mis mayores miedos. La vida me ha empujado a sitios donde tuve que salir de mi zona de confort: cruzar ríos, hablar en público, enfrentar a mi familia y desafiar mi propia escritura. Comprendí que nada crece en la comodidad.

Te preguntarás qué tiene que ver todo esto con el ajedrez. Pues bien, mis inicios como escritora parten de ahí. En sexto grado mi profesora era bastante complicada. Aquella señora no nos dejaba salir a jugar en las tardes como al resto de los alumnos; nuestra aula era diferente. Tenía cientos de juegos de mesa: monopolio, parchís, dominó y el famoso ajedrez. Nadie en mi aula sabía cómo jugar aquello, pero yo inventé un juego. Con el dominó construíamos la fortaleza y las fichas del ajedrez eran personajes. Cada pieza tenía una voz y yo narraba la historia. El ajedrez, para mí, estaba lejos de ser un juego estratégico: era algo más, el inicio de un camino nebuloso.

Me costó llegar a saber qué quería ser de mayor. Me costaron cinco años en una carrera que no deseaba y una fuerte discusión familiar. Muchas lágrimas, pero si algo crecía a cada paso era el fuego de la creatividad. Esa llama susurraba historias y, mientras más me alejaba, más difícil era procesar mis emociones. La escritura ha sido ese puente entre lo que abunda en mi mente y aquellas emociones que no sé gestionar físicamente. Lejos de ser una meta profesional, es el motor de mi vida, y cada conexión con el mundo real fluye a través de ella.

Por eso me parece curioso que el ajedrez llegara a mi vida otra vez. Siempre quise aprender a jugarlo, pero cada clase era una nueva aventura. Descubrí que dicho juego surgió en la India en el siglo V-VI después de Cristo, aproximadamente hace 1500 años. En sus inicios recibió el nombre de Chaturanga, que significa “Cuatro miembros”. Mi imaginación, después de todo, no estaba lejos de la realidad: había reyes, soldados, caballos y elefantes. Un campo de batalla donde cada movimiento era similar a las olas del mar que tenía frente a mí: olas suaves, violentas, movimientos inevitables donde, con un paso en falso, quedas atrapada.

Me asombro porque antes de estas clases no recordaba que con el ajedrez asesinábamos el aburrimiento, que desde niña siempre supe para lo que había nacido, aunque las voces del mundo a veces silencien nuestra voz interior. Siempre supe que quería contar historias, que jugar a las sirenas en la playa, tener cientos de libretas de versos y rogar en cada feria del libro por una nueva agenda no eran caprichos de una niña. Eran las primeras señales de la creatividad que albergaba en mí, dormida por el ruido.

La vida puede ser cruel y, a veces, los adultos que velan por nosotros, sin saberlo, dañan a nuestro niño interior. Nos imponen reglas absurdas sobre lo que debemos ser y lo que no. Por eso agradezco a la vida por mi madre, que apoyó cada pequeña aventura hacia la que corrían mis piernas: bailarina, modelo, deportista. No, no era que no sabía lo que quería; la creatividad es así, juguetona y saltarina. Baila y no se queda quieta: es fuego y explosión. Eso lo aprendí de dos amigos, Mari y Lewis, en sus terapias para rescatar a ese niño interior. Si hoy sé que mis miedos solo son puertas que, al cruzarlas, revelan cosas maravillosas, es gracias a ellos.

El poder de un artista en las manos de Dios es tan grande que el enemigo quiere convencerte de que es solo un hobby. Leí esta frase hace poco en algún sitio; no es mía, pero si a mí me sirvió, a ti también.

 Ahora ya sé jugar ajedrez y también lo que quiero ser.

Querido amigo, no lo hagas: no escuches al mundo.

Con cariño, tu vieja amiga.

Comentarios (0)

  • Sé el primero en comentar.