Dianelis Morejón
Una historia que contar
Otra carta al lejano amigo sobre una de las maravillas urbanas del Casco Histórico de La Habana: el Capitolio, majestuoso desde los ojos de la autora.

Querido amigo:
En estos días no hay mucho que contar, pero supongo que la vida es así. Un día encuentras retazos tuyos entre montañas y ríos y otro estás en un triciclo esperando que se llene. Pleno mediodía a más de treinta grados mientras el techo del ya mencionado transporte te cocina al vapor. Si te preguntas qué fue de las guaguas, pues hace más de un año que no me monto en una y la misma cantidad de tiempo que no las veo. Es como si hubiesen desaparecido y en su lugar hubiesen puesto los dichosos triciclos que son como ir a caballo, pero en la ciudad.
Te cuento que días después del viaje a Puerto planeé una visita al Capitolio. Sé lo que me dirás, que es un sitio urbano, lejos de toda vida natural, etc., pero la curiosidad me ganó cuando vi en Instagram un video del lugar, se veía majestuoso. La mayoría de los cubanos no lo han visitado y no tiene idea de la historia que guarda el lugar.
La decisión de visitarlo además de lo impresionante que llega a ser la construcción de este sitio, es que nos pasamos la vida queriendo contar historias desde lugares remotos que no conocemos ¿Y qué hay de Cuba, del lugar donde nacimos y crecimos? Recuerdo que cuando escribía en Wattpad siempre usaba sitios de otros lugares del mundo y nunca una historia estuvo contada desde donde nací. Muchas las sentía vacías y sin sentido porque no puedes escribir con la misma pasión desde un lugar que nunca has sentido en tus huesos.
A veces los medios nos consumen, buscamos la manera de escapar de una realidad que nos asfixia, pero ¿y si estamos viendo nuestra tierra desde un lugar frío? ¿Y si nos quitamos la venda de los ojos y comenzamos a separar los frutos podridos para que no se afecte el resto de la cosecha? Hay un mundo dentro de Cuba que aún no exploramos, un mundo que nos pertenece, que tenemos que rescatar.
Lo cierto es que quiero nutrirme de más, descubrir lo que soy, de dónde vengo y para eso hay que cavar hasta la raíz. Quiero descubrirme antes de alzar el vuelo, antes de levantar la pluma y escribir algo que me deje con una sensación de lejanía.
Ese es el porqué de mi visita, querido amigo. Espero que al leer estas letras sepas donde buscar cuando te sientas desubicado.
Entrar al Capitolio fue simple y tedioso a la vez; simple porque solo tienes que comprar un ticket por un costo de trescientos pesos en la biblioteca de enfrente, y tedioso porque hay tres horarios de visita y tuve que esperar más de una hora para entrar al segundo que fue a la una de la tarde. La hora paso rápido mientras paseaba cerca del lugar y me entretenía tomando fotos de todo árbol o construcción arquitectónica que provocara algo en mí. Ya sabes como soy, me encanta sentir, que me llegue a las entrañas y mueva las fibras más sensibles de mi creatividad.
De esa manera, la hora y media pasó en un pestañeo y una vez que el reloj marcó las menos cinco, me dirigí a las escaleras principales donde nos esperaba una chica. Nos comentó una serie de reglas para poder acceder al lugar, reglas que debes cumplir, ya que el sitio actualmente es la sede simbólica del parlamento cubano.
Una vez subida las escaleras, unos cincuenta y cinco peldaños sin agua para beber, nos recibió un chico quien era el guía durante ese tiempo. Al atravesar las puertas nos explicó que están hechas de bronce y decoradas con bajorrelieves que narran la historia cubana desde la época precolombina hasta el siglo XX. Puertas cuya construcción, según pude investigar, está inspirada en las célebres “Puertas del Paraíso” de Lorenzo Ghiberti en el Baptisterio de Florencia. Más adelante, nuestra atención se desvió hacia una estatua igualmente de bronce, llamada La República, del escultor italiano, Angelo Zanelli. Obra inspirada en la diosa griega Atenea, cubierta de tres capas de oro donadas por el gobierno ruso. El mismo escultor también hizo las dos estatuas, en bronce, que se encuentran a ambos laterales de la escalinata, una representa a La Familia y otra El Trabajo. Rusia no solo donó el oro para la escultura, La República, sino también para cubrir la cúpula del lugar, que como dato está inspirada en el Panteón de París y San Pedro de Roma, con una altura de 91,73 metros. Siendo así más alta que la del capitolio estadounidense.
Bajo la cúpula, justo en el suelo, podemos encontrarnos con el diamante que marca el kilómetro cero de la red de carreteras de Cuba. Este diamante perteneció al último Zar de Rusia, Nicolás II, y había llegado al país en manos de un joyero turco que lo adquirió en Francia.
A pesar de haber estado protegido, el diamante fue robado en 1946 y recuperado en el año siguiente, puesto que el ladrón lo empeñó y terminó siendo asesinado a causa de sus deudas ese mismo día. Según el guía y el rumor popular, el robo fue quizás un motivo de distracción, ya que en ese mismo año ocurriría en Cuba La Célebre Conferencia de La Habana, una reunión histórica de la mafia estadounidense organizada por Lucky Luciano y Meyer Lansky, donde se discutieron negocios de casinos, narcotráfico y la expansión de la Cosa Nostra en el Caribe. Este diamante de veinticinco quilates fue sustituido por una réplica por cuestiones de seguridad y guardado en el Banco Central de Cuba.
Otro espacio que amé y me tele transportó a una serie de época, al estilo renacentista fue El salón de los pasos perdidos. Me visualicé con un vestido victoriano en un baile mientras me elegían como el diamante de la temporada. Pues la decoración, lamparería, cada espacio parece haber salido de un cuento. Sé que suena romántico, pero la realidad es que el Capitolio tiene todo lo que necesitas para escribir la mejor telenovela de tu vida, desde misterio hasta la escenificación de La Bella y La Bestia en su biblioteca, donde el olor a madera es el éxtasis perfecto para perderte en tu imaginación y hacerla volar.
Cada rincón del Capitolio destila elegancia y fastuosidad. Desde los más de cincuenta tipos de mármol usados, los candelabros y ventanales, platos y cubiertos o estatuas que encuentres entre sus jardines guardan una historia que te sorprenderán. Cada cosa estuvo hecha a la medida de un país que destilaba encanto. Adaptado al clima y luz del Caribe. Manos de renombre de aquella época y prestigiosas empresas no sólo cubanas sino también italianas, estadounidenses y alemanas fueron partícipes de cada pieza que encontrarás allí. La verdad es que todas las habitaciones son un disparador para tu creatividad.
Llegué con cero expectativas, pero regresé orgullosa de que aún existan sitios urbanos que remuevan en ti sentimientos de pertenencia. Que, aunque una calle después el mundo parezca acabarse hay cosas por las que luchar. Luchar por no perdernos sólo entre las dificultades, sino que a veces buscar en lo cotidiano también es un acto de amor.
Antes de ir creía que sería uno de esos aburridos museos en los que no terminaba por oír nada, sin embargo, oír nunca fue el punto. Fue sentir cada espacio como un portal a otra dimensión, donde la creatividad me nutrió y alimentó el fuego del conocimiento. No ver la historia como una asignatura más que imparten en clases, verla como la raíz de un árbol al que tienes que rescatar de una plaga. La plaga del desconocimiento, del creer que fuera hallarás lo que te falta. Puede que sí, que encuentres flores más bonitas, pero nunca olvidarás el color de las flores de tu jardín, porque como esas, ningunas. Esas son especiales, como la rosa de El Principito. Nuestra flor es nuestra, tenga la condición que tenga.
Sé, querido amigo, que no tardarás en volver, que extrañas regar tu flor todas las mañanas y sobre todas las cosas escuchar de sus pétalos las increíbles historias que te faltan por contar.
Espero que vuelvas pronto.
Con cariño, tu vieja amiga.
*Fotografía de portada por Octavio Castillo
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